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Gabriel Argenis Ponce Fuentes

Muchas veces, las ciencias nos indican cosas difíciles de percibir o que no se pueden percibir de
manera inmediata. Por ejemplo, ¿quién ha visto directamente un átomo? Esto no implica que tales
cosas existan en una dimensión o en un modo separado de lo que experimentamos regularmente.
De hecho, las nociones que tenemos acerca del universo y de cada cosa que consideramos parte
de este, incluido lo cotidiano, son una mezcla de experiencias directas y de saberes que hemos
adquirido de distintas fuentes: nuestra familia, nuestras comunidades, las tradiciones, las
instituciones y entre todo ello, las ciencias, la filosofía y las artes tienen un lugar especial. Aunque
regularmente desapercibida, esta circunstancia se vuelve especialmente compleja al prestar
atención a los seres vivos, incluidos nosotros los seres humanos.

El fenómeno de la vida en la Tierra es tan complejo que no podemos afirmar que lo entendemos
por completo. Cada ser vivo, pequeño o grande, es una manifestación peculiar de ese fenómeno
planetario de miles de millones de años de antigüedad. No obstante, hemos avanzado mucho en
su entendimiento, en especial gracias a la filosofía y a las ciencias.

Es así que, desde hace miles de años, los seres humanos notaron similitudes con y entre otros
seres vivos: el movimiento, la alimentación, el crecimiento, la reproducción, el nacimiento, la
muerte, entre otras características que llevan a distinguir lo vivo de lo no vivo. También notaron
diferencias con y entre otros seres vivos que llevaron a clasificaciones y a reconocer relaciones
generales y específicas entre lo clasificado. Esto, a su vez, llevó a jerarquizaciones que han sido
usadas para justificar la utilización de otras formas de vida por parte de los seres humanos.
Jerarquizaciones que constantemente han sido cuestionadas por el desarrollo del conocimiento, el
entendimiento y la crítica.

En nuestra época, el conocimiento del funcionamiento específico de las diversas formas de vida
ha tenido gran desarrollo, al punto de llegar al conocimiento de las moléculas que conforman la
vida, es decir, de los conjuntos de átomos conectados entre sí de forma regular que constituyen a
cada ser vivo. Esto es una profundización del conocimiento de la complejidad de la vida en este
planeta que ilustra el señalamiento general que hacen Helena Curtis y N. Sue Barnes en su libro
Biología:

«una sola célula bacteriana contiene alrededor de cinco mil clases diferentes de moléculas y una
célula vegetal o animal tiene aproximadamente el doble. Estas miles de moléculas, sin embargo,
están compuestas de relativamente pocos elementos (CHNOPS).»

Lo anterior nos dice algo acerca de todas las formas de vida hasta ahora conocidas porque la
constitución de todas ellas es a partir de agua, grasas, proteínas, carbohidratos, ADN y RNA,
entre otras moléculas formadas principalmente de carbono, hidrógeno, oxígeno y nitrógeno. Esto
refiere a las bases físicas y químicas de la vida. La clarificación de lo anterior ha sido y es campo
de la Biología molecular. Disciplina científica que, no obstante su gran especialización, ofrece una
fascinante visión del universo y de la vida. Y más aún, cuando consideramos que somos parte de
esa enorme, profunda y hasta bella complejidad y unidad fisicoquímica.

Fuente de la referencia: Helena Curtis y N. Sue Barnes, Biología, Adriana Schnek y Graciela
Flores (directoras de edición), Editorial Médica Panamericana, Buenos Aires, 2000, p. 63.

Imagen: X: @PuebloEnLnia, Rana arborícola de color azul sobre planta, distrito de Karakabey,
provincia de Bursa, Turquía, 28 de junio de 2024

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