Fidel Rodríguez Ramos

     En todo el planeta, no sólo en México, llevamos conociendo una desbocada violencia desde hace quinientos años, así se inaugura un inhumano modelo conocido como capitalismo que se funda en el avasallamiento, dominio, robo, mutilación, engaño hacia los demás, la fuerza, el miedo ha sido una eficaz arma de control  del nuevo sistema.

    No se ha querido profundizar, quizás por lo claro que resulta para todos, pero la fuerza desmedida, las agresiones contra todos , curiosamente se agudizan, en el caso de México, a partir de 1982 cuando se declara el fin de un Estado protector, vigilante y lo más importante promotor firme de la economía, de ahí en adelante ya no cumpliría ese papel con respecto a una amplia sociedad, sino a favor de una reducida minoría que sería beneficiada con la entrega de todos los bienes que se habían logrado acumular, con el sacrificio de generaciones anteriores.

    Ese plan se diseña en la capital mundial del sistema antes mencionado, en Washington, que por supuesto no fue aceptado sumisamente por muchos pueblos del mundo. En México se necesitaba provocar un miedo descomunal, que lograra aquietar el afloramiento de alguna inconformidad, se tiene éxito pues hay una serie de golpes contra sindicatos, contra los diversos niveles de gobierno que deben pactar con múltiples fuerzas y grupos para seguir sobreviviendo. Nada se deja suelto, para evitar sorpresas se crea toda una estructura de gobierno, mando paralela al Estado.

    Por lo incuantificable que se iba a perder, era necesario aquietar a los trabajadores más combativos, como el de los electricistas del SME (Sindicato Mexicano de los Electricistas) que sufren la destrucción de su empresa, quedando desempleados cuarenta mil trabajadores de la generación, distribución de energía. Los maestros, no se iban a quedar cruzados de brazos, de ahí que se disponga su expulsión a través de un examen amañado. Que los mantuviera ocupados, mientras continuaba un voraz saqueo, por ejemplo en PEMEX. La juventud, ahí si se fracasa,  se  trata de controlar con el bárbaro ataque a los normalistas de Ayotzinapa.

    La violencia ha sido eficaz para explotar al antojo de unos cuantos, millones de hectáreas para extraer metales preciosos, el agua, el aire y el mismo Sol. Ella, la violencia, ha sentado sus reales en los más paradisíacos destinos turísticos del sureste. Recorrimos muchas partes del país, para darnos cuenta de la magnitud de ese fenómeno, hace diez años ya veíamos las calles de varias poblaciones de Zacatecas bloqueadas con cadenas. En Durango una camioneta clonada de la policía municipal de Aguilera, nos persigue en la noche por la carretera sin torreta exigiendo detenernos, lo hicimos para comprobar lo hechizo de sus uniformes, no así sus rifles de alto poder. Todos vemos ese acuerdo entre una estructura paralela de poder con los diversos gobiernos formales, no es casual que autoridades encargadas en el más alto nivel de combatir a la delincuencia, desde la Presidencia de la República, se hayan unido con los que supuestamente deberían de combatir y que hoy ¡paguen sus atropellos en cárceles americanas!.

    El problema ya lleva años, pero su verdadera naturaleza, origen se trata de ocultar con simplezas como manifestar que no se está de acuerdo con los abrazos y no balazos. Se debe reconocer, y afortunadamente ahí se muestra la evidencia, la punta de la madeja, como El Universal da a conocer, a primera plana un serio reportaje sobre lo que acontecía cuando empezaba a funcionar el gobierno estatal que precede a Alfredo  Ramírez Bedolla.

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