Alma Gloria Chávez.
Muy al contrario de lo que muchos políticos y funcionarios, así como algunas personas
completamente desentendidas del tema afirman, la violencia hacia las mujeres continúa siendo un
asunto cotidiano, que ha llegado a normalizarse en algunos espacios comunes y además, sin que a
las autoridades encargadas de intervenir o tomar medidas al respecto, les importe. Excepto,
claro, para ofrecer cifras y estadísticas de “casos atendidos”, que toman del registro de visitantes
que acuden al lugar.
Concretamente en este Municipio, la violencia hacia las mujeres e infancias es cosa de todos
los días. Si no lo cree usted, pregunte a algún maestro o maestra de cualquier nivel escolar y se
dará cuenta de que no es raro ver a alguna mujer con golpes (generalmente en la cara) que le dio
el marido, por razones a menudo tan absurdas como el hecho de tardarse en el mandado; porque
se arregló demasiado (para el gusto del varón), o porque la vieron platicando con alguien en la
calle. Y es en la escuela, así como en instituciones de salud, se detecta igualmente cuando la
violencia es el desayuno, comida y cena de niñas, niños y de otros miembros de la familia.
Actualmente y a pesar de existir más instancias “de atención” para la mujer y la familia, que
las existentes hace 30 años, por ejemplo, las mujeres que piden ayuda para salir de alguna
situación violenta, no encuentran la respuesta inmediata ni esperada, pues las marañas
burocráticas terminan por desalentar a cualquiera. Igualmente, otras mujeres se sienten
completamente indefensas ante actos violentos, porque no saben cómo enfrentar la situación o
no quieren verse involucradas en asuntos legales. Sea cual fuere la razón, el resultado es el
mismo: mujeres, niñas y niños no reciben ayuda adecuada, porque muchas personas que se
encuentran en esas Instancias, ni cuentan con la preparación adecuada ni la sensibilidad que
requieren estos casos. Falla el Estado y revictimiza a quien tiene obligación de proteger.
A lo largo de la historia de México, en sus Estados y Comunidades, así como en muchos otros
países, los tatarabuelos, padres e hijos varones han aprendido en el transcurso de la vida, algunas
de las siguientes ideas sobre “el ser hombre” y la paternidad:
“Que los hombres son y deben ser el centro o la cabeza de las familias y, por añadidura, que
los hombres son quienes merecen más atención.
“Que este lugar de privilegio en la familia se debe a que son los principales proveedores
económicos”, aunque actualmente, no son los principales ni los únicos responsables de garantizar
el bienestar económico de la familia.
“Que la única función de los varones en una familia es ser proveedores, o quienes representan
‘autoridad’ y creen que sólo de esta manera pueden demostrar aprecio y cariño hacia hijos e hijas.
“Que su función de proveedores les obliga a estar fuera de casa y justificar dejar sola a su
esposa o compañera en el cuidado, atención, crianza y educación de hijos e hijas.”
Si bien no todos los hombres piensan y actúan así, ni llevan a la práctica estas ideas, esta
forma de pensar y de sentir la paternidad ha contribuido a que muchos hombres vivan en medio
de tensiones, alejamiento, o con violencia su forma de relacionarse con su pareja, con sus hijxs o

con cualquier mujer. Lo sorprendente resulta al entender cómo las mujeres también hemos
contribuido a fomentar y reproducir estos estereotipos que finalmente llegan a dañar cualquier
relación.
Debemos agregar también cómo las políticas económicas actuales han agudizado la violencia
social y familiar, al modificar entre las personas sus escalas de valores; el ser y el tener se
encuentran en constante conflicto, provocando que el individuo tenga como aseveración que
“sólo cuando se tiene ($) se es”, lo que genera enorme confusión, alimentada por los medios de
comunicación y sus propuestas basadas en el materialismo.
Es en este negativo ambiente social cuando se vulnera de manera significativa a los
pequeñxs (niños, niñas, adolescentes), quienes además de no recibir las atenciones básicas a las
que tienen derecho, se les obliga a enfrentar situaciones hostiles por parte de los adultos que les
rodean (completamente ocupados en obtener mayores recursos económicos) en el hogar, en los
medios educativos y espacios comunitarios en general.
Todo lo que una niña o niño reciba, todo lo que ellxs aprendan de nuestras actitudes ante la
vida y la sociedad, y sobre todo el trato que reciban, principalmente de sus padres, familiares o
educadores, va a perfilar su desarrollo como individuos: sus valores éticos y morales, su
autonomía personal, su capacidad para relacionarse con sus semejantes, su facilidad para afrontar
y resolver las situaciones que irán encontrando en las diferentes etapas de vida. ¿No resulta
significativo el hecho de que en México enfrentemos también el problema de infancias
abandonadas, en situación de calle o delinquiendo… y entre las que asisten a centros escolares, un
altísimo porcentaje con problemas de aprendizaje?
Sin duda, el reconocimiento de la violencia contra la mujer como una violación a los derechos
humanos y el que se hayan logrado establecer medidas legales y políticas que refuercen esta
acción, han sido logros importantes del movimiento internacional por los derechos humanos de
las Mujeres y de las Mujeres mismas.
Actualmente, nos encontramos que muchos Estados latinoamericanos (como el nuestro) han
centrado las acciones oficiales en la lucha contra la violencia doméstica, focalizando el problema
en los “hombres machistas”, sin nombrar la Violencia Patriarcal del Estado contra las mujeres.
Resulta sin duda fundamental desestructurar las condiciones que posibilitan y reproducen la
violencia doméstica; sin embargo esto no se podrá lograr creando alianzas con Instancias que
callan las responsabilidades estatales en las múltiples violencias que viven mujeres en el país.
La Antropóloga y periodista Aída Hernández Castillo, afirma: “La desaparición forzada es una
forma de violencia patriarcal, de la que el Estado Mexicano es responsable no sólo por omisión,
sino por participación directa de sus fuerzas de seguridad… Esta violencia está siendo denunciada
mediante distintas estrategias, por las madres de las y los desaparecidxs, que con picos y palas le
mostraron al mundo la geografía de la muerte que ha convertido al país en una gran fosa.” Las
mujeres indígenas y las zapatistas, por su cuenta, han enarbolado la defensa de la Naturaleza y la
Madre Tierra, porque son también “formas de violencia contra todas las mujeres y que el Estado
Mexicano ha permitido y en ocasiones ejercido, de manera directa. Este 25 de noviembre y cada
día, recuperemos las luchas que dieron origen a la conmemoración. “La crueldad y la violencia, no
son espectáculos”.

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