Alma Gloria Chávez.
Once años atrás, Amnistía Internacional, el organismo promotor y defensor de
los Derechos Humanos, exigió a la Secretaría de Gobernación del Estado
Mexicano, activar la alerta de género en Estados del país donde un alto número
de asesinatos y desapariciones de mujeres se han venido sucediendo, sin que
exista una respuesta efectiva en la aplicación de la legislación para prevenir y
castigar la violencia contra las mujeres y las niñas. El organismo internacional
consideró entonces que la importancia de esa declaratoria radica en que “su
activación permitirá a los gobiernos impulsar políticas públicas que den prioridad a
la prevención de la violencia de género, revirtiendo patrones de comportamiento
arraigados en las costumbres políticas y sociales del país y lograr una respuesta
efectiva de diversas autoridades e instituciones, con la participación de la
sociedad.”
Más claro, “ni el agua”, dicen algunas personas que desde la ciudadanía han
venido denunciando e impulsando acciones para que se tome en cuenta la
participación ciudadana en éste y en otros temas que resultan nocivos y
generadores de violencia en nuestras comunidades. “Queremos crear nuevas
políticas: no al gusto de quienes gobiernan, sino acordes a la auténtica protección
y respeto a nuestros derechos humanos (de género, como pueblos originarios) y
del Medio Ambiente” -comparte un joven ambientalista del Municipio- “Y hoy
sabemos que defender el territorio que habitamos, es sinónimo de apostar y
contribuir a crear una paz verdadera, libre de violencia”. Con ésto, recordé a
algunas mujeres que han sido víctimas de feminicidio en comunidades indígenas,
precisamente por su participación en la defensa de Agua, Bosque y Tierra.
El feminicidio, opinan especialistas en el tema, “no es una simple acción, un
gesto, una palabra que hay que censurar socialmente o comprobar jurídicamente:
es, primariamente, una cultura, una forma de pensar y de interpretar la realidad,
que se refiere a distintos niveles, pero todo conectado: los códigos publicitarios, la
mentalidad común, las actitudes de los adultos, los deseos de algunxs jóvenes y
hasta los juegos de niños y niñas. Y también los medios electrónicos de
comunicación: móviles, internet, redes sociales, televisión.” En resumen: son
muchas cuestiones y actitudes cotidianas que consideramos “normales”, pero que
invariablemente producen daño emocional, psicológico o físico en la mujer. Y a
menudo, si se viven desde niñas, los traumas emocionales persisten a lo largo de
la vida.
Actualmente, no sólo México se encuentra sumergido en la espiral de la
violencia machista: este fenómeno “cultural” resulta el problema humanitario más grave del mundo. Por decenas se contabilizan los asesinatos de mujeres
perpetrados por maridos, parejas (o ex maridos y ex parejas), concubinos, padres,
hermanos, conocidos, amigos o por extraños, como los asesinatos de las mujeres
jóvenes de Ciudad Juárez hace algunos lustros, o por clientes, en el caso de
crímenes de sexoservidoras. De México a Estados Unidos, de Ciudad Juárez a
Europa y el mundo, el fenómeno de la misoginia que lleva a hombres al asesinato
de mujeres con toda la saña imaginable, hoy se reconoce con el nombre de
“feminicidio”.
Precisamente, a partir de los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez,
Chihuahua, es que se acuñó el término “feminicidio”, la palabra que define el odio
criminal de hombres hacia las mujeres. Y fueron las valientes madres y familiares
de las víctimas, quienes lograron la tipificación jurídica y el llamado a la conciencia
sociocultural, promoviendo importantes cambios en la mentalidad general, aunque
la violencia machista y patriarcal no ha sido erradicada ni combatida con auténtico
ahínco.
A pesar de los discursos de gobernantes y funcionarios, para quienes el
feminismo es comparable al machismo, los avances jurídicos logrados para
alcanzar una auténtica “equidad de género”, se toman como simples eslóganes de
campaña y luego como “relleno” dentro de sus políticas y planes de desarrollo (por
lo general asistenciales). Viviendo y gobernando en la simulación, se niegan a
concebir el auténtico feminismo que analiza y toma en cuenta para sus
propuestas, las relaciones económicas y sociales, políticas y culturales: con el
poder, con el Estado, con los partidos políticos, con las instituciones nacionales e
internacionales, además de analizar también lo que ningún partido ni sindicato
tradicionales han hecho: las relaciones con nuestros padres y con nuestros hijxs,
tanto en la familia como fuera de ella, abordando cada uno de los temas
mencionados en toda su integralidad. Esto es: con profundo sentido de
humanidad.
En Pátzcuaro, un regidor de extracción “perredista”, entrevistado a mediados
del año 2016 y a propósito del asesinato de dos jóvenes mujeres de la localidad,
mencionó que “en siete meses de gobierno se han reportado al menos 400 casos
de violencia hacia mujeres”, sin embargo, al interior del Cabildo no se lograba un
acuerdo para solicitar al Congreso del Estado que se decretara una “Alerta de
Género” en varios Municipios de Michoacán. Después de unos meses, se logró la
“Alerta” para Pátzcuaro; sin embargo, más de 9 años después, todavía nos
encontramos denunciando y propugnando para que esas políticas de equidad de
género sean llevadas a la práctica y no sólo a los discursos.

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