Fidel Rodríguez Ramos
Era una mañana del seis de agosto de 1945, en Hiroshima Japón, estaba cercano ya el final de la Segunda Guerra Mundial contra Alemania; Rusia y Estados Unidos abanderaban una descomunal batalla contra los nazis alemanes que deseaban volver a conquistar el mundo, después de fracasar en 1914.
Muchos niños ya estaban en sus colegios, una pequeña brincaba la cuerda, otra se columpiaba, los trabajadores marchaban a sus oficinas y fábricas, pasaron frente a un pintor que desde una escalera hacia su labor. Muy pocos prestaron su atención al cielo, donde se desplazaba un avión, muchos creyeron que era otro vuelo más de reconocimiento de sus enemigos americanos.
De pronto se observa una brillante, intensa luz azul, plateada, seguida de un tremendo estallido a una escasa altura del suelo, una furiosa corriente, como un torbellino en fracción de segundos empieza a destruir, incendiar todo, estallan los cristales de puertas y ventanas en un amplio radio de la ciudad. Empieza a sentirse una agobiante sensación de calor, un zumbido, ulular penetrante, como si se balanceara una enorme cuerda por todos lados, es escuchado, vientos desbocados, de fuego invaden hospitales, los enfermos de pronto se sienten transportados por el espacio con todo y cama.
En Hiroshima había un río que en ese instante cambia de rumbo. Las casas, edificios comienzan a desprender fragmentos ardientes en las calles. Nadie entendía lo que estaba ocurriendo, parecía una pesadilla, algo inexplicable. Un testigo pensó que se trataba de una nueva arma destructiva, que era capaz de enviar desde el espacio llamaradas de fuego y gasolina, nadie imaginó que acababan de sufrir por primera vez en el planeta un ataque nuclear, los pilotos del avión norteamericano que lanzaron el artefacto de muerte, desconocían la carga que hizo su blanco en esa ciudad japonesa, desde su ventanilla observaron como de pronto empieza a ascender un enorme hongo de nubes, el estruendo alcanza a golpear la nave bautizada como “Enola gay”. Uno de los navegantes horrorizado exclama ¡Qué hemos hecho Dios Mío”.
Poco a poco se va alejando el humo cargado de polvo y cenizas, la gente trata de reconocerse, de preguntar por lo que ha pasado, unos horrorizados señalan a otros que caminan sin darse cuenta que partes de su cuerpo se desprenden en cada paso que dan. Valientes, muchos tratan de rescatar a los sobrevivientes, sacarlos de los escombros, los afectados clamaban por agua. Nadie sabía que en segundos habían muerto por la radiactividad que desprende la bomba más de ciento sesenta y seis mil personas, niños, jóvenes, adultos, ancianos, mujeres. Muchos de los que salvaron, momentáneamente, morirían después de cáncer y leucemia por la falta de glóbulos rojos.
Del cielo comienzan a caer una llovizna extraña, negra que moja la carita de muchos niños y gentes, eso les provoca cáncer, muerte al paso del tiempo. Una maestra que escapa de ese infernal tormento, corre a buscar a los niños que deja en el patio de juego, no encuentra nada ¡sólo una mancha en la pared que reflejaba a alguien balanceándose, otra saltando la soga!. La esposa del pintor hace lo mismo, trata de localizarlo y sólo observa una mancha en la muralla, como la pintura abstracta de una escalera, y la huella de algo irreconocible. El fatídico, criminal acto, vuelve a repetirse en Nagazaki, Japón un once de agosto, donde instantáneamente pierden la vida sesenta mil personas. Lamentablemente, ahora estamos en cercano riesgo de volver a vivir algo de lo anterior por la guerra entre Ucrania y Rusia, con un pequeño detalle, el efecto sobre la población pudiera ser mil, diez, cien mil veces más violento. ¡Luchemos por la Paz!.