Fidel Rodríguez Ramos

    En 1847 hubo poca organización, mínimos deseos para enfrentar con las armas al poderoso coloso del norte, al poderío norteamericano que decide invadirnos injustamente, bloqueando nuestras costas, quienes tenían los medios para detener esa arbitrariedad, decidieron volver las armas contra nuestras débiles autoridades, además se registraron muchas traiciones, sabotajes pues muchas veces a nuestros defensores les entregaron cartuchos inservibles.

   Valientemente en Morelia se forma un contingente bélico que cumple con un destacado papel en una histórica batalla, donde hicieron morder el polvo a los asaltantes, incomprensiblemente quien estaba al frente de una gran fuerza popular de muchas partes, da la orden de retirarse. Todo parecía perdido, y en la ciudad de México, con mucho temor se esperaba el golpe final de los yanquis.

    Para los americanos la guerra contra nuestra débil nación, era un simple paseo que había de redituarles una alta ganancia, pues al vencernos nos vimos obligados a entregarles dos millones de kilómetros cuadrados, a cambio de una ridícula cantidad de dinero como “compensación”. Todos corrieron a esconderse, una parte de México en ese crítico momento decide independizarse, rogar a Inglaterra que le permitiera ser un anexo, una parte suya.

    Afortunadamente quienes salvan la dignidad de la patria avasallada son unos niños, quienes el día trece de septiembre del año arriba mencionado, decidieron esperar al invasor en el célebre castillo de Chapultepec, donde funcionaba el Colegio Militar. Sabedores de lo que se encontraba en juego, desobedecieron la orden de Nicolás Bravo para abandonar sus aulas y dormitorios. Los americanos se sorprendieron de encontrar una seria resistencia, tomar la fortaleza no iba a ser nada fácil, para mala fortuna de los defensores fracasa o no se puede echar a funcionar un sistema de minas, explosivos que se habían sembrado en los alrededores.

   La lucha fue desigual, experimentados soldados del norte, contra unos pequeños que decidieron vender cara, hasta el último momento su existencia. El cadete Fernando Montes de Oca muere al recibir de su cobarde atacante, un disparo en la espalda. Francisco Márquez de doce años, hace caso omiso para rendirse, dispara a un yanqui provocándole la muerte, eso enfurece a quienes lo deseaban aprehender vivo y lo masacran. Vicente Suárez de catorce años, al ver que sus proyectiles se agotan, combate a bayoneta calada en la escalera de honor hasta morir. Juan de la Barrera murió defendiendo el hornabeque (fortificación exterior) del castillo. Agustín Melgar acabado su parque, dispuso su bayoneta en el fusil y se lanzó a la lucha cuerpo a cuerpo, de donde resultó herido de varios disparos y bayonetas. Juan Escutia se lanza al vacío, envuelto en los tres colores desde un acantilado, en medio de una lluvia de balas, para evitar que nuestro lábaro tricolor se convirtiera en un trofeo de guerra. El expresidente Ernesto Zedillo declaró que lo anterior era una mentira, un mito, algo que nunca sucedió.

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