Fidel Rodríguez Ramos
Nuestro país actual es fruto de mucho dolor, sacrificio, de la muerte de más de un millón de personas que perdieron la vida durante una larga Revolución, provocada por una dictadura sanguinaria, encabezada por el general Porfirio Díaz Mori quien no consentía la más leve inconformidad, cuando se le comunica que los obreros textiles de Río Blanco, Veracruz habían iniciado en 1907 un movimiento huelguístico, da la orden tajante del “mátalos en caliente”, los soldados sin ninguna distinción acribillaron a niños y mujeres, para que el crimen no se supiera en furgones de ferrocarril fueron transportados sus cuerpos hacia el puerto, donde se arrojaron para saciar el hambre de los tiburones.
Mantener el orden, a cualquier costo, era la obsesión de Díaz, por eso en 1906 consiente que “rangers” gringos, soldados crucen la frontera para sofocar en Cananea, Sonora la inconformidad de los barreteros, mineros declarados también en huelga por recibir sueldos miserables, escamoteados, reducidos en las famosas tiendas de raya, la osadía de los trabajadores les cuesta perder mil compañeros.
La ruina de los campos de cultivo, el saqueo, la violación de mujeres, destrucción de fábricas, hospitales, minas no se olvidaron tan fácilmente, por eso después la gente no acepta involucrarse en algún proyecto armado, que de todos modos se produjeron, pero que fueron controlados por los sucesivos gobiernos, como la Guerra Cristera. En 1970 la población, aunque muestra simpatía hacia los movimientos guerrilleros que se dieron en muchas partes de México, como el de los maestros Lucio Cabañas y Genaro Vázquez, no desea meterse en una lucha que finalmente fue apagada con la muerte de quienes deseaban un mejor país. Y no lo hace porque aún vivía en el recuerdo de todos la amarga lucha, el enfrentamiento entre los propios revolucionarios que se eliminan entre ellos, se asegura que Obregón ordena la muerte de Villa, tal como lo hace Venustiano Carranza con el general Tierra y Libertad de Morelos, Emiliano Zapata, se decreta su muerte porque representaban el ala más radical de la Revolución, deseaban llegar hasta las últimas consecuencias para tener un buen gobierno, dar tierras a todos los mexicanos, su deseo, la posibilidad de realizarlo lo mostraron ocupando Palacio Nacional, haciéndose fotografiar, Pancho Villa sentado en la silla presidencial, Zapata a un lado.
Excesos hubo en los dos lados combatientes, como la cobarde ejecución de Francisco I Madero. La acción del lugarteniente de Francisco Villa, relatada por Martín Luis Guzmán en “La Fiesta de las Balas”, el temible ferrocarrilero Rodolfo Fierro ordena que los presos de los villistas, sean trasladados a un toril, ahí les dice: “Pueden ser libres los que logren escapar trepando las bardas de esta plaza de toros, mientras yo disparo mis dos revólveres. Órale, vuélenle. Y en efecto hace funcionar sus pistolas, mientras un ayudante se encargaba de llenarlas de balas, una y otra vez. Desesperados los detenidos trataban de brincar, huir de la muerte segura. Decenas cubren el suelo, Fierro fumando reía, tanto disparó que su mano llega a entumecerse, nadie escapa con vida”.
Hubo mucho derramamiento de preciosa sangre, literalmente ríos corrieron, por eso en enero de 1994, los mexicanos rechazamos la continuación de una guerra entre el ejército de Salinas de Gortari, y los indígenas de Chiapas organizados en el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), entre TODOS y TODAS detuvimos ese enfrentamiento entre hermanos, quizás por recordar la cruel, devastadora guerra de diez años que sufrimos a principios del siglo XX.