Aurora López Nambo
El 24 de junio, el mero Día de San Juan, una fecha tan memorable por los buenos chubascos que se soltaban, desde temprano amanecía lloviendo fuerte y así se mantenía prácticamente por todo el día que daba gusto ver esa lluvia sin importar que no pudiéramos salir de casa, o que nos tocara mojando.
En Pátzcuaro la gente decía que había dos estaciones, la del tren y la de lluvia. También se le conocía como el “bacín del diablo”, precisamente por los buenos y constantes aguaceros, torrenciales que no daban tregua entre el día y la noche.
Hace unas treinta décadas, recuerdo como para un día de San Juan, desde temprano se soltó el agua; nos encontrábamos en casa, una humilde vivienda de teja, junto a mis seis hermanas, y a eso de las once de la mañana una hermana, de las mayores, se sale corriendo del cuarto en calzoncillos y se pone bajo el chorro del agua, solo nos grita ¡tráiganme el jabón y el estropajo¡, al ver su emoción las demás nos animamos y hay vamos también a bañarnos bajo el chorro del agua, cual frío, cual temor de enfermamos, nada de eso sucedía.
En esta misma fecha, el 24 de junio la gente acostumbraba bañarse temprano pues se decía que el agua estaba bendita, era el corredero de chiquillos echándose agua con un molde o una cubeta, también se acostumbraba cortarse el cabello, bajo la creencia de que crecía sano y largo.
Luego se venía San Pedro y San Pablo, el 29 de junio y la lluvia continuaba de buena manera, por las calles empedradas o de tierra corrían los ríos de agua de la lluvia.
En esos tiempos, junto a mi padre y mi hermano el mayor, nos levantábamos temprano de vez en cuando, para ir al cerro a los capulines o las peras criollas, que se daban en las faldas de estribo grande, cortábamos lo que encontrábamos, zarzas, membrillos que sin esperar a lavarlos y sin ninguna preocupación comíamos recién cortados.
Con el olor fresco de la vegetación, toda una variedad de plantas encontrábamos, así como animales, tal es el caso de las gallaretas, güilotas, serpientes, aves, conejos, ardillas veíamos correr entre atractiva maleza, sin faltar el canto de los pájaros en lo alto de los árboles, esos que tenían como unas piñas amarillas en lo alto.
Me viene el recuerdo de otro día, cuando mi impetuosa hermana y su atracción por el agua, tras regresar del cerro encuentra un gran un gran charco de agua de lluvia que parecía alberca, y se mete con todo y ropa sin importar lo café que estaba el agua por el lodo o como fuera a salir de ahí.
Hoy nos trae nostalgia y nos duele que casi por terminar el día de San Juan y no llueve, por el contrario, el calor es fuerte y a ciencia cierta no sabemos cuándo llegue el agua del cielo, nos aterroriza el pensar que ya no llueva.
En algunos lugares ya sacaron el Santo a pasear, clamando y haciendo rogativas por el buen temporal y para que llueva, lo hicieron los vecinos de Erongarícuaro con el señor de la Misericordia y la semana pasada en Pátzcuaro con la imagen del Señor de la Tercera Orden por el atrio del templo de San Francisco.
Quienes vivimos esa época tenemos la esperanza de que regresen esos tiempos y nos seguiremos resistiendo a decir “nomas los recuerdos quedan”.