Alma Gloria Chávez.
La historiadora e investigadora Julia Tuñón Pablos, en su libro “Mujeres en México. Una
Historia Olvidada”, escribe en uno de los párrafos introductorios: “Preguntarnos por la
participación femenina en la historia del país, implica la conciencia de múltiples
desconocimientos”. Y ésto va, con especial dedicatoria, a tantxs “historiadorxs” que se han
dedicado sólo a reproducir acontecimientos que exaltan a personajes varones, dejando a un lado
la innegable presencia femenina. Hoy estamos cada vez más convencidas de que las mujeres
siempre hemos estado presentes en el acontecer histórico y nuestra ausencia en las “fuentes
históricas”, no corresponde a nuestra ausencia en el proceso.
El libro en mención me ha sido de bastante utilidad para las indagaciones que en lo personal,
o como de manera grupal (Centro de Promoción para la Equidad de Género), resultan necesarias
en la prerrogativa de entender mejor lo que desconocemos, necesitamos, buscamos o intentamos.
Para nosotras, integrantes de un A.C. que ha promovido permanentemente la equidad de género
en la vida de nuestra comunidad (y por ende, en la Región), la historia de María Luisa Martínez nos
animó a incorporar su nombre a ese pequeño grupo de mujeres, surgido hace más de 30 años y
cuyas integrantes (aún dispersas y a distancia) insistimos en la afanosa búsqueda y construcción
de una sociedad libre de todo tipo de violencias; en equidad, con justicia, paz y dignidad.
Como un sentido homenaje a doña María Luisa Martínez, que en su natal Erongarícuaro fue
“pasada por las armas” por su participación en la lucha independentista, un 17 de enero de 1817,
hoy comparto la breve historia que conocimos gracias a la generosidad de quienes ofrecieron y
sugirieron datos y textos (además de la cercanía inspiradora con una descendiente de esta
valerosa mujer).
Ella fue una mujer que entendió, en tiempos “revueltos”, socialmente hablando, cómo la vida
es una incesante búsqueda. Y en esa “su” búsqueda, se encontró a sí misma. Mas no resultó una
vocación sencilla; tal vez, por lo contrario, se le presentó con tantas dificultades, que todas juntas
lograron fortalecer en ella una enorme tolerancia ante la decepción.
Sabemos de su existencia, quizás en primer lugar, por otras mujeres que, como ella, sintieron
la necesidad de entenderse como personas al saberse mujer; al notar (o sufrir) las diferencias y
similitudes con madres, hermanas e hijas, y formar parte de un sistema social construido,
culturalmente, para privilegiar la presencia masculina que en algún momento histórico tomó
nuestras vidas en sus manos.
Dicen algunas historiadoras contemporáneas, que el modelo histórico que se nos ha ofrecido –
y no sólo en nuestro país- acerca de “lo femenino” es como un espejismo, un “deber ser” que nos
enajena y aleja de nuestras realidades y también de nuestras opciones. Emoción, instinto,
intuición, se nos endilgan sin permitirnos aceptar que una mujer también puede practicar la
reflexión, el análisis, la crítica constructiva y la toma de decisiones. Seguramente por ello, por no
considerar “natural” el que una mujer decida y se exprese con autonomía, sociedades
convencionales o conservadoras, temen, atacan y desprecian a quienes salen del modelo
aceptado.
La mujer que nos ocupa, María Luisa Martínez, a pesar de no ser tan letrada (vivió en el siglo
XVIII y en pueblo de provincia) seguramente intuía que la vocecita que escuchaba en su interior
tenía razón y no le permitía permanecer ecuánime ante lo que sus ojos observaban: las mujeres
como ella, desde el nacimiento, ya estaban asignadas al ámbito del hogar, con la variante del
convento o la casa pública “de mancebía”. Pero su futuro también dependía en mucho de la
pertenencia a alguna jerarquía social, que en esos tiempos era tan marcada, ocupando el primer
lugar en este orden: el español, siguiendo con mestizos, castas y esclavos, ocupando el aborígen el
último escalón. El blanco español tenía todos los privilegios, a pesar de haber llegado a ocupar
estas tierras privilegiadas, que eran casa y sustento de los llamados “indios”. –“¿Era esa la
voluntad divina?”, se preguntaba.
Cierto día, a la vida de esta joven mujer, inquieta y “buscadora”, llegó un joven con similares
inquietudes, heredero de tierras de cultivo, un modesto “tendajón” y un gran amor por la música y
el canto. Le apodaban “El Jaranero” y además de complementar sueños e ideales de quien fue
madre de sus cuatro hijxs, sin duda que también le alentó a seguir los dictados de su corazón,
ofreciendo así a María Luisa, la mayoría de edad que entonces sólo podían adquirir las viudas,
porque en esos tiempos, sólo la viudez permitía el ejercicio cabal de la personalidad jurídica
femenina.
Y cuando en varios rincones de la Nueva España surgió el grito libertador contra las decisiones
autoritarias del rey de España, a pesar de los escasos medios de comunicación existentes, mujeres
como María Luisa (y en Pátzcuaro Gertrudis Bocanegra) sintieron vibrar con mayor fuerza la voz
interior que les acicateaba, entendiendo que era el momento de incorporar su energía a las de
otros seres que veían en la opresión el mayor impedimento para la realización plena del ser
humano. Y se entregaron a la lucha por la independencia de estas tierras mancilladas.
Doña María Luisa Martínez de García Rojas, hoy conocida como “La Patriota”, fue una mujer
que vivió apasionadamente su tiempo. Fiel a sus principios, alentada por “su” Ernesto, siguió los
dictados de su corazón, entregándose a la causa libertaria, acción que le llevó en varias ocasiones
a sufrir cárcel, hasta que definitivamente, por continuar fiel a la causa, fue juzgada y condenada a
ser fusilada, a los 35 años de edad, un 17 de enero de 1817, en espacio público y para escarmiento
y advertencia para la población empobrecida. Muchas mujeres, con gratitud, hoy le recordamos.