Alma Gloria Chávez.
Desde mi adolescencia conocí a José Martí, considerado entonces, prócer de la larga lucha que
sostuvo el pueblo cubano por su independencia. No recuerdo bien el nombre completo del
maestro Pedro, que en la secundaria particular en donde hice mis estudios, tenía a su cargo la
materia de Historia Universal, pero sí recuerdo que en cada una de sus clases “lanzaba”, como no
queriendo, algunas citas, frases o fragmentos de escritores y poetas afamados. En uno de esos
afortunados momentos, escuché lo siguiente: “Yo quiero, cuando me muera/ sin patria pero sin
amo,/ tener en mi losa un ramo/ de flores… y una bandera.” Mi curiosidad me llevó a preguntar a
mi padre si conocía al autor y en respuesta, me entregó de su biblioteca una edición de “Los Cien
Mejores Poemas de José Martí”. Así descubrí que el fragmento citado por el maestro Pedrito era
de los Versos Sencillos (1891) del joven Martí.
José Martí nace en La Habana, Cuba, un 28 de enero de 1853. Hijo de españoles humildes
(don Mariano Martí y doña Leonor Pérez), a quienes la necesidad había arrojado a los brazos de la
“siempre fidelísima” isla de Cuba. Como el padre era artillero, el niño José recibió las aguas
bautismales de un cura castrense. Desde muy joven, Martí mostró inusitado interés por la lectura
y casi a la par se aventuró en la escritura, que pronto tomó la forma de poesía. Pero igual que su
pasión por las letras, el joven Martí desarrolló un alto sentido del honor, de la justicia y de la
libertad.
El siguiente fragmento, tomado de un texto biográfico, data de la época en que José Martí,
mediante sus reflexiones, contribuía al despertar de la conciencia de una población sujeta a los
caprichos y vejaciones de quienes habían llegado a someter en “nombre de Dios y la Corona
Española”: “…Conocer es resolver. Conocer el país y gobernarlo conforme al conocimiento, es el
único modo de librarlo de tiranías. La historia de América, de los Incas, de los Mayas, ha de
enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcones de Grecia. Nuestra América es
preferible a la Grecia que no es nuestra… Ni el libro europeo ni el libro yanqui, dan la clave del
enigma hispanoamericano… Se ponen en pie los pueblos y se saludan. ¿Cómo somos?, se
preguntan¸y unos a otros se van diciendo cómo son. Las levitas son todavía de Francia, pero el
pensamiento empieza a ser de América…”
Aquí, en este breve párrafo, Martí se deja descubrir como representante (no sólo de Cuba)
sino de América Latina, de la cultura de los ideales y las palabras ligadas a la acción. Él mismo
expresó el deber de hombres y pueblos como idioma político de una realidad naciente y hacedora.
Recogió y proyectó las tradiciones revolucionarias de la isla y se convirtió en ejemplo y conciencia
de participación colectiva. Heredero de una cultura revolucionaria ya notable, dejó a su vez un
legado que interpretó y amplió su cultura y que después fue ampliado y reinterpretado por otros
revolucionarios hasta nuestros días, fenómeno fácil de observar en la Cuba cotidiana de hoy.
Como tantos librepensadores, José Martí vivió un tiempo exiliado en México, durante los años
posteriores al triunfo de la reforma liberal impulsada por Benito Juárez; también pasó un período
en Estados Unidos, donde se unió a la mayor colonia de emigrantes, en los días en que el
expansionismo estadounidense vivía su máximo apogeo y en ese tiempo, se pudo percatar, con
impresionante claridad, lo estratégica que resultaba la situación geográfica de Cuba para la
expansión del imperialismo yanqui. “Derramando sangre -escribe Martí-, los cubanos están
impidiendo la anexión de los pueblos de nuestra América al norte revuelto y brutal que los
desprecia… Viví en el monstruo y le conozco las entrañas; y mi onda es la de David, esto es,
muerte o vida, y no cabe errar”.
A finales de 1877, Martí viaja a México para contraer matrimonio con Carmen Zayas Bazán en
el Sagrario Metropolitano y en enero de 1878 el matrimonio parte hacia Guatemala. Al regresar a
La Habana, por su participación en reuniones públicas en las sociedades literarias, en las que
invariablemente se comenta la situación política del país, empieza a ser identificado como
conspirador de la causa libertaria, y el 17 de septiembre de 1879 es detenido y deportado a
España.
Los siguientes años los dedica a una intensa participación política: escribe, alienta, organiza,
deshace intrigas, despierta simpatías, explica la causa de Cuba y consigue auxilios aún desde el
mismo pueblo estadounidense. El 29 de enero de 1895 se da la orden de levantamiento en Cuba y
el 25 de marzo, desde Santo Domingo, redacta Martí su último manifiesto, que firma también
Máximo Gómez, y luego se unen a la lucha armada, siendo Martí nombrado mayor general del
Ejército Libertador.
Un día antes de su muerte, el 18 de mayo de 1895, estando en plena batalla por la liberación
de Cuba, tuvo tiempo Martí para escribir una carta al mexicano Manuel Mercado, su amigo
entrañable. Le cuenta que todos los días corre peligro su vida y que: “…bien vale la pena darla por
mi país y por mi deber de impedir a tiempo, con la Independencia de Cuba, que se extiendan por
las Antillas los Estados Unidos de Norteamérica y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras
tierras de América. Cuanto hice hasta hoy y haré, es para eso. En silencio ha tenido qué ser…”
En esa memorable carta, Martí tiene la precisión y ritmo del vaticinio: su voz resulta profética
al alertar de esa lucha continental en la América soñada por Simón Bolívar: primero contra las
monarquías y enseguida contra el naciente imperio norteamericano, más cruel y sanguinario.
Después, cambia de tono. Tiene otras cosas qué contar: -“Y ahora, le hablaré de mí”, escribe.
Pero la noche lo para, o quizás el pudor. Deja la carta inconclusa y al amanecer, la retoma
escribiendo brevemente: “Hay afectos de tan delicada honestidad…” y no concluye. El deber le
llama. Al mediodía del 19 de mayo, una bala lo voltea del caballo. Contaba 42 años de edad.
José Martí es en la historia social de Cuba, en lucha por la independencia, el segundo de los
libertadores: primero -si existe alguien que puede serlo- Carlos Manuel de Céspedes, alzado en
1868; el segundo, sin duda, fue Martí. Su pensamiento ha sido incorporado a la nueva conciencia
revolucionaria. No poco de lo que dijo en el orden político, en el educacional, en el artístico (en el
terreno cultural, en general) sigue teniendo impresionante vigencia. Su preocupación política
mayor, que lo llevaba de Cuba a nuestra América y los Estados Unidos, sigue siendo, en esencia,
nuestra: de cada unx de quienes en México y en América anhelamos la segunda independencia.
En el prólogo extraviado de una de tantas biografías que leí del “más genial y más universal de
los políticos cubanos”, recuerdo que el autor, señalando la fecha 28 de enero de 1853, señalaba:
“Ha nacido un Hombre bueno”, inspirado, sin duda, en uno de los Versos Libres de José Martí.