Alma Gloria Chávez.
Actualmente, ya no resulta tan extraño (por lo menos) hablar de la posibilidad de una
maternidad elegida o decidida. Hoy nos encontramos con muchas jóvenes mujeres que han
tomado la decisión de no ser madres y no por ello han debido enfrentar tantos obstáculos como
antaño se presentaban a quienes (lo hubieran decidido o no) no traían al mundo un crío.
“Solteronas o “dejadas”, eran algunos de los epítetos que se aplicaban, además, con una enorme
carga de desprecio o burla. Sin embargo, todavía falta mucho por aprender y entender acerca de
la maternidad, aún siendo elegida.
Para muchas mujeres de mi generación, a nivel mundial, las últimas cinco décadas han
representado verdaderos retos en cuanto a etapas de profundos cambios para nuestra manera de
concebir el mundo, la sociedad, las relaciones, y todo el universo de acciones que derivan de la
vida misma, en una sociedad que permanentemente evoluciona.
También para muchas mujeres, en lo general, es una pena que el 10 de mayo resulte un día de
festejos y de consumo más, que transcurre sin más pena ni gloria que cualquier otro en ésta,
nuestra sociedad capitalista (o neoliberal). Día de euforia que se desborda durante horas y se
sumerge en una casi total indiferencia para las festejadas, por parte de una mayoría, durante los
364 días siguientes.
La madre ha sido definida solamente por su función reproductora: por dar a luz a hijos e hijas y
durante la crianza de éstos, ser la educadora, la socializadora, la principal responsable de
transmitirles la cultura y los valores. Por lo general, es la madre quien enseña a sus hijxs los cómos
y los cuándos del placer y del dolor; el miedo o la confianza, la tibieza del cuerpo y la separación.
Son sus actitudes y gestos -sonrisa y ausencia primero, luego palabras- de los que aprendemos a
relacionarnos con lxs demás. Poco importa si la madre quiere o no al crío: igual, deja marca en su
afectividad. Su poder, resulta inmenso. Y un poder incomprensible, “sólo sentido”, origina mitos
casi siempre.
Personalmente, pienso que la mayoría de las mujeres no recibimos entrenamiento para ser
madres. Y no existe sentido común que funcione a través de las barreras y bloqueos que llevamos
cargando desde pequeñas. La sociedad todavía piensa que si se le enseña a una mujer a servir, a
coser y a cocinar, o simplemente a ser dócil, abnegada y dependiente, automáticamente se tienen
las herramientas para ser madre, lo que da como resultado un tremendo error.
A la mujer-madre se le confieren atributos sagrados: es símbolo de bondad infinita, dulzura,
sacrificio y amor sin límites. Pero también sus opuestos: la madre es intuída como absorbente,
devoradora, “rechazante” o destructora. Hombres y mujeres, ya desde pequeñxs, sufrimos una
división interna respecto a nuestra madre, que luego transferimos al resto de las mujeres. De una
parte, queremos recuperar la plenitud que conocimos con ella, pero al mismo tiempo tememos a
su poder, que puede ser de absoluta codependencia (porque nadie podemos negar que en algunas
etapas de nuestra vida nos llegamos a sentir atrapadxs en los influjos del amor materno) y ello nos
llega a impedir crecer y madurar.
“Parte del problema de la maternidad es el mismo que vemos en toda relación. Cuando una
persona no tiene resueltos sus problemas, no se ha enfrentado a sus traumas; cuando la pareja
está enferma, es difícil enseñar una actitud saludable a hijos e hijas. Lxs críos absorben todo y lo
hacen de una manera imposible de evitar: lo sienten. Esto es, desde el embarazo, el bebé siente
todo lo que ocurre en la vida de quien le lleva en el vientre. Siente si su padre quiere varón, si su
madre tiene miedo de tenerle; siente si es queridx o no, siente si es conflicto su llegada. Puede
sonar muy loco, pero no lo es. Y ya cuando nace el bebé, nace con los traumas familiares
integrados; traumas que serán (en excepcionales casos no) reforzados por el cotidiano”, escribe
Jessica Kreimerman Lew, en su libro ‘La Vida en rosa, el Príncipe Azul. Amor y Violencia en
México’.
Hijos e hijas (sin duda) tenemos también, en algunas etapas de nuestra vida al lado de la
madre, miedo a la dependencia. Pero igual, deseamos cuidados, entrega y cercanía de su parte.
Por eso sin duda, vivimos intentos alternados de aproximación y escape hacia la mujer. Y esto es
mucho más frecuente de observar, en las sociedades capitalistas, donde desde pequeñxs se nos
educa con los mismos derechos y con las mismas aspiraciones y, sobre todo, con la misma
necesidad de libertad.
“La maternidad -cita en el mismo libro Jessica Kreimerman-, puede ser tan fácil o tan difícil
como lo sea la actitud de la mujer que la está experimentando. Pero eso sí: la maternidad aprieta
todos los botones que llevan años dormidos en las personas. Hay mujeres que toda su vida
desean ser madres y cuando ocurre el feliz acontecimiento, rechazan a sus criaturas en tremendas
crisis postparto, y mujeres que pueden parecer madres ideales y sin embargo resienten la libertad
que perdieron con lxs hijxs y se los dejan saber en maneras no muy agradables… que luego crean
verdaderos traumas”. Algo muy sencillo de observar en las múltiples conductas que adoptan
personajes de la vida cotidiana, en cualquier espacio y lugar.
Actualmente, muchas mujeres que han sido y son también madres (lo hayan decidido o no), se
encuentran empezando a ver a través (o más allá) del espejo, para ser capaces de construir un
nuevo sujeto social, desde nosotras mismas y no desde un abstracto social. Porque deseamos, de
todo corazón (sobre todo quienes somos abuelas), que las nuevas mujeres disfruten de una
autonomía que les permita ser capaces de dar a luz, no solamente hijos e hijas, sino también
decisiones, creaciones, ideas, opiniones, pensamientos y sentimientos legitimados por su propia
acción creadora. Contribuyendo con ello a establecer un nuevo vínculo social en el que ellas sean
un componente activo y no pasivo.
Y como siempre, recordando y honrando a mujeres como las Madres de Plaza de Mayo;
abrazando a las madres de los miles de desaparecidos en México; a las madres de los mineros, de
los encarcelados injustamente; madres de los perseguidos, amenazados y asesinados por defender
Tierras, Bosques, Agua e Ideales; a las madres de quienes defienden el periodismo honesto, a las
madres solteras, las abandonadas y las que mendigan y en fin, a todas esas niñas que han llegado
a una maternidad temprana (deseada o no). Día en que se recuerda equívoca, pero
insistentemente, a la mujer que, sobre y a pesar de todas las cosas, en madre.
