Alma Gloria Chávez.
Las mujeres comenzamos a celebrar el 28 de mayo como el Día de Acción por la Salud , desde
1987, cuando durante el V Encuentro Internacional de Salud de la Mujer, realizado en Costa Rica,
se acordó dedicar esta fecha para realizar acciones encaminadas a orientar, difundir y reflexionar
acerca de la mejor manera en la que pueden prestarse los servicios de atención médica a nuestras
personas; la manera de cómo podemos autorresponsabilizarnos para cuidar de la salud y cómo
podemos contribuir para elevar nuestras condiciones de vida bajo un estado de derecho, en donde
prevalezcan la igualdad y la equidad.
Al reflexionar, investigar y capacitarnos en temas como la salud reproductiva, relación médico-
paciente, sexualidad, las cirugías abusivas o la violencia médica y autoayuda como punto de
partida, nos convencemos de que la salud ha sido y sigue siendo un instrumento eficaz para
agrupar a mujeres e iniciar el proceso de cobrar conciencia sobre la propia responsabilidad. Para
quienes hemos tenido experiencias en la atención a problemas de violencia intrafamiliar, resultó
bastante positivo el tomar como eje central, para acompañar cualquier caso, hablar de la mayor
atención que se debe procurar a la salud física, mental y espiritual… de quien atiende el caso y de
quien, en estado vulnerable, confía ser atendida.
Soy parte de esa generación de mujeres que apenas hace unos 30 o 40 años, se atrevió a
hablar con claridad del hecho que, de una forma u otra, ya sea por nuestra capacidad reproductiva
o por nuestra condición de género, hemos sufrido discriminación y trato abusivo o paternalista por
parte del sector médico. La lista de ejemplos que podemos señalar, no es nada nueva para
muchas: histereoctomías, mastectomías, cesáreas y episiotomías innecesarias; la falta de acceso a
una información adecuada para tomar decisiones conscientes, las nuevas tecnologías
reproductivas, las grandes campañas para someternos a terapias de reemplazo hormonal en la
etapa de la menopausia, sin mencionar todo el enriquecimiento de las grandes corporaciones
farmacéuticas, de laboratorios y de muchxs profesionales de la salud que se aprovechan de esta
situación.
Considerando que la salud de un país depende en esencia de las condiciones de vida de su
población y de las bases económicas-sociales en las que aquellas descansan, desde el punto de
vista femenino, “cualquier política encaminada a atender la prevención o afectaciones en materia
de salud, tendrá qué tomar como prioridad la atención a los problemas sociales y ambientales que
nos rodean; de lo contrario, se encontrará encaminada al fracaso”, fue una de las consideraciones
hechas en aquel memorable Encuentro Internacional de la Mujer. Así que todavía dista mucho
poder afirmar que se cuenta con una política de salud verdaderamente eficiente e integral.
Hoy día, todavía en muchos países las políticas públicas de salud se elaboran a partir de los
intereses económicos de Médicxs, hospitales, industrias farmacéuticas y el resto de la industria
médica. La mayoría de la investigación y experimentación sobre anticonceptivos y fertilidad, se
hace con mujeres y sin su pleno consentimiento de que están sirviendo de conejillos de Indias. Por
otro lado, la mayor parte de la investigación médica no reproductiva se realiza con hombres y sus
resultados se aplican a las mujeres. En ambas instancias, las mujeres nunca conocen los riesgos ni
los beneficios de las drogas o medicamentos que toman.
Para nosotras, las mujeres, el tema de la Salud nos ha abierto las puertas para explorar las
áreas de la salud de la mujer bastante complejas, que apenas si habían sido tratadas en la década
de los años 60, tales como: la salud reproductiva, la salud ocupacional y la salud mental. Estos
ámbitos de estudio se han adoptado desde un poco más de cinco décadas como temas de trabajo
para las organizaciones y colectivos de mujeres, para luego centralizar los esfuerzos, como
actualmente se hace, en el área de los derechos reproductivos.
Hasta años recientes, la medicina como institución en el país se convirtió en un instrumento de
control social, que ha afectado particularmente la vida de las mujeres y después de la pandemia, la
situación se agudizó con la alta ingesta de alimentos y bebidas altamente nocivos para la salud. Si
consideramos la frecuencia con la que una mujer solicita servicios de salud a lo largo de su vida,
podríamos concluir que la vida de un número muy alto de mujeres se encuentra “medicalizada”.
En cualquier etapa de nuestra vida, se nos enseñó, hay qué acudir a un médico para asegurarnos
de que todo en nuestro organismo marche bien obligándonos a tener menos control o
conocimiento del mismo, en cada proceso de nuestra vida.
Es de agradecer al Movimiento Mundial de Mujeres, que hoy día cada vez somos más las
mujeres que reafirmamos que el trabajo en salud es un asunto que nos compete y nos
compromete con nuestro propio cuerpo: con nuestro ser integral; porque la salud, poco a poco, ha
vuelto a ser un ámbito de mujeres, como lo fue en tiempos de las primeras comunidades
humanas. “ Tradicionalmente -se lee en el Libro de las Mujeres de Boston-, esa sabiduría había
estado en manos de mujeres: magas, curanderas, parteras, hierberas. Con el tiempo, se fue
masculinizando, cuando los hombres se percataron de que tanto el control y la explotación de
nuestros cuerpos, como nuestra capacidad reproductiva, podría enriquecerlos. Se apropiaron del
conocimiento y, por lo tanto, también del poder sobre nuestros cuerpos y nuestras vidas.”
Hay quienes dicen que el poder masculino es el poder sobre el prójimo: la dominación a la
fuerza. El poder femenino, en cambio, es el poder sobre nosotras mismas, la soberanía; es el
poder que surge cuando exigimos nuestros derechos humanos desde nuestra participación política
y rechazamos así seguir cooperando con nuestra propia opresión. Desde el instante en que
rechazamos las tiranías públicas e íntimas de manera absoluta, se nos abren nuevos horizontes y
se nos devuelve nuestro poder personal y colectivo.
Tenemos derecho a sumar nuestras voces a la construcción de la democracia. Tenemos
derecho a usar nuestras propias experiencias para comprender e interpretar nuestro propio
mundo. Tenemos el derecho de gozar del tiempo y del espacio para nuestras necesidadesy
nuestro placer y no solamente para atender las necesidades de otrxs. Tenemos derecho a decidir
cuándo queremos y podemos tener hijxs y atenderles como se merecen. En un mundo
acostumbrado a nuestros sacrificios para el bienestar de lxs demás, nuestras vidas diarias, en el
campo y en la ciudad, en nuestras familias y comunidades, nos enseñan que nuestra capacidad
para ser responsables y nuestro poder para ejecutar y resolver, surgen cada vez más del apoyo y
de los recursos que nos ofrecen más mujeres: las compañeras, nuestras iguales, las demás. A
quienes enviamos nuestro abrazo, uniéndonos al propósito de recuperar la Salud, como algo
Nuestro.