Alma Gloria Chávez.
Escuché en un noticiario de la ciudad capital, un breve comentario acerca de la situación de alerta que está viviendo la comunidad indígena de Cherán. Vinieron a mi mente tantas otras ocasiones en las que Comunidades de pueblos originarios llegaron a pedir apoyo y/o solidaridad, para resistir y defender sus tierras, sus bosques, sus recursos, como en su momento lo hicieron Santa Fe de la Laguna o Zirahuén. Desgraciadamente, el interés que mueve a
una comunidad agraria del de una población urbana, no es similar y ello nos ha llevado a
experimentar décadas de “desencuentros”, entre quienes cuidan y cultivan la tierra, así como los
que con esfuerzos obtienen productos de los cuerpos de agua, con quienes los obtenemos en un
mercado injusto y marcado por “leyes económicas” impuestas por quienes, en su lógica indigna, se
enriquecen explotando a seres humanos y recursos naturales.


Ha sido en épocas muy recientes, que estudios científicos se han abocado a entender (y
comunicar) lo que culturas muy antiguas, aquí en territorio de nuestro Continente, consideraban
natural: la “religiosidad” (del latín re-ligare) que los pueblos y culturas originarias tenían como el
principio fundamental de concebir su existencia. Desde la perspectiva ecológica contemporánea,
el ser humano y la naturaleza están interlazadas y resulta imposible separarlas.


“Un proyecto sensato, debe situar a la naturaleza dentro y no fuera de la historia, porque sólo
así podemos encontrar comunidades humanas que se han adaptado y se han fortalecido dentro, y
no fuera de la naturaleza”, cita en sus páginas un libro que ha resultado, para mi persona, la Biblia
en materia de historia ambiental de nuestro país. Su título: “Tierra Profanada. Historia Ambiental
de México”, escrita a “cinco manos” en el año 1987 por Isabel Fernández Tijero, Alicia Castillo, José
Ortiz Monasterio y Alfonso Bulle, coordinados por Fernando Ortiz Monasterio. La edición corrió a
cargo del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) y de la Secretaría de Desarrollo
Urbano y Ecología. Lo más interesante que encontré en el recorrido histórico-ambiental de
México, es que las grandes catástrofes sufridas, han sido originadas por la intervención del
hombre, violentando los “dictados naturales” del entorno.


Desde mi adolescencia, primero de manera intuitiva y luego por enseñanzas de mis mayores
en casa y en la escuela, llegué a entender que todo ritual y ceremonial en culturas y religiones de
todo el mundo, así como de pueblos de nuestro Continente y Región, tenían su origen en la
certeza de que el ser humano formaba parte de la naturaleza y de ella dependía su existencia. En
todas las culturas del orbe, el agradecimiento a los elementos que propician la vida, resulta
innegable: el Agua, el Fuego, el Viento y la Madre Tierra son venerados en todas sus formas y
expresiones.

Al paso del tiempo, mi cercanía y afinidad con personas y comunidades indígenas que
defendían tierra, agua y bosques de la voracidad empresarial y caciquil, me dio oportunidad de
entender mejor cómo se pueden provocar conflictos y depredación criminal (que cobran vidas
humanas), cuando se explota irracionalmente a las personas y al medio ambiente. Y las
consecuencias las sufrimos todxs: en el campo y en la ciudad (aunque parezca no entenderse).
Corrupción, impunidad, violencia y muerte van de la mano, cuando impera la ley del más fuerte…
económicamente hablando.


Hemos llegado a comprender que el Agua no castiga a nadie, ni el Viento, ni el Fuego, ni la
Tierra. Que es el ser humano (ése que fue dotado de inteligencia y libre arbitrio) el que ha roto el
pacto natural con su entorno y construye por los caminos del agua; deforesta y acelera las sequías,
los incendios y la carencia de diversos alimentos; contamina el agua de la que bebe, el aire y la
misma tierra, a los que arroja sus propios desechos, agentes químicos y cantidad de residuos que
tardan en degradarse siglos.


Hoy es cada vez más frecuente escuchar en todo tipo de discursos y gracias a los muchos
elementos que la comunidad científica ha aportado, que es el sistema económico que prevalece
mundialmente, el generador de sociedades de consumo para las que produce y vende sin parar,
valiéndose de los bienes naturales del planeta que se encuentran casi agotados, porque, o se
regeneran con lentitud, o no son renovables y en algún momento dejarán de existir. Pero eso les
tiene sin cuidado. El sistema capitalista es suicida, porque no consigue mantenerse, sin destruir
las condiciones que la humanidad necesita para sobrevivir: clima equilibrado, bienes disponibles a
largo plazo y ¡Seguridad Alimentaria!.


Inundaciones, tornados, ciclones, sequías y temblores que pueden considerarse “fenómenos
naturales” dejan de serlo, al momento en que, ahondando en sus causas y efectos, se llega a
concluir cómo quienes resultan mayoritariamente afectados, son sobre todo las personas más
humildes, las que han sido obligadas a vivir en zonas de riesgo porque han sido despojadas y
expulsadas del territorio que habitaban originalmente, o bien han sido utilizadas por líderes
inescrupulosos, para ocupar espacios declarados “de riesgo” en zonas urbanas (en barrancas, en
cerros escarpados y deforestados, en sitios que han sido humedales o en pedregales).
Resulta emergente dejar de pensar, actuar o permitir el vivir Contra Natura (en contra de la
naturaleza). Es el momento de pensar y construir un modelo de desarrollo centrado en las
necesidades humanas, que garantice la reproducción de la naturaleza, evite el desperdicio y no
agote los bienes que realmente necesitamos para vivir. Un desarrollo que esté centrado en la Vida
y no en la maximización del lucro… para alcanzar el Bien y el Buen Vivir.
Con gratitud para quienes comprenden, aman y respetan a Madre Tierra. Para Cherán’Keri.

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