Alma Gloria Chávez.
“El paso de escuchar cuentos a leerlos, es muy importante en la formación de lectores y
mentes abiertas y analíticas”, afirma Ana Griott, educadora y escritora prolífica, nacida en España.
Personalmente, motivada siempre por personas que cultivan el hábito y el amor por la lectura
y la narración, ha transcurrido mi vida: formando parte de grupos teatrales y de lectura de atril en
Pàtzcuaro y en Morelia, lugar donde nació y transcurrió la crianza de mi hijo, al que desde a los
pocos meses de gestación, empecé a leer en voz alta. Allá mismo colaboré como locutora en
algunos programas de Radio Nicolaita y luego, ya de regreso en Pátzcuaro e integrada al grupo
promotor para la restauración del Antiguo Colegio Jesuita y organizando las labores que le darían
vida cultural al edifico del siglo VII, proponiendo y creando, junto a la maestra Guadalupe
Martínez, una Sala de Animación a la Lectura.
Mi gusto lector (y narrador) me brindó la oportunidad de acudir como invitada, a algunas
comunidades de la Cuenca, para dar lectura a historias y leyendas locales y de la región y también
por invitación de maestros de Educación Indígena, llegué a acudir a comunidades para contar
cuentos tradicionales a niñas y niños de preescolar y primaria… además de hacerlo en el espacio
“cuentacuentos sabatino” que en colaboración con mi amiga Estela Tinoco propusimos, casi desde
nuestro ingreso al Museo de Artes e Industrias Populares (INAH) en el año 1987 y que me llevó a
conocer tan de cerca el trabajo que desarrollan las maestras que atienden las Aulas de Apoyo
(USAER) en escuelas primarias, con las que colaboré, acudiendo por más de dos lustros, para llevar
una serie de “tallercitos” de temporada, tomando como referente las fiestas tradicionales en
comunidades p’urhépecha: Fuego Nuevo, Carnaval, Cuentos de la Milpa, Velación de Ánimas y
Festejos de Fin de Año.
Reconozco que lo que hoy me sigue apasionando, como parte esencial de mi existencia, es la
lectura… y como ha sido parte importante en mi formación, busco, por cualquier medio al alcance,
promoverla, recuperando a la vez la importancia de la comunicación. Por mi experiencia,
reconozco que el acto narrativo llega a lo más profundo de la mente humana, que con lo que
escucha, se ve motivada a encontrar explicaciones, transmitir o estimular experiencias de vida y
generar conocimientos, además de “dar rienda suelta” a la Imaginación. Hoy también entiendo
mucho mejor la importancia de incorporar el cuento y la narrativa en toda labor educativa.
Porque aún no sabiendo leer ni escribir, todo individuo puede comunicarse mediante la oralidad.
Pensemos que así fue como aquellxs ancestrxs “analfabetas” resultaron depositarios y
transmisores de una poderosa tradición oral, de la cual nacieron mitos, cuentos y leyendas, que
después darían origen a la Literatura.
Contar, dicen quienes profesionalmente lo hacen, es una experiencia única que devuelve a la
palabra el lugar que ha venido usurpando la “era de la imagen”. Y para contar o narrar, no se
necesita mucho: solamente disponer de una escucha atenta, sobre todo para las historias que
cuentan lxs mayorxs y personas de experiencia; mantener alerta nuestra imaginación; tener a la
mano un modesto acervo bibliográfico y, sobre todo, tener la disposición y el gusto por hacerlo,
con la confianza de que “todo en la vida es corregible”.
Actualmente y debido a que todx niño o niña tienen acceso a tantos medios de información,
resulta mucho más importante ejercitar y promover los hábitos de la lectura y de la narración, que
nunca dejarán de ser las herramientas más valiosas para el sano desarrollo del individuo y de su
personalidad.
De mis cuentos favoritos, uno es el dedicado a los peces blancos del lago de Pátzcuaro
(Japonda, en voz p’urhèpecha), escrito por Max Aub y dedicado a Gutierre Tibón (ambos, escritors
europeos afamados, expulsados de la España Franquista y exiliados en México). La narración nos
remonta a la época en que nuestro entrañable Lago, al que se le calcula una edad aproximada de
40,000 años (uno de los más jóvenes del planeta), se encontraba solitario en esta Cuenca, rodeada
de volcanes inactivos que le sirven de albergue y sus aguas cristalinas permanecían en una especie
de “espera”.
“En esa época tan lejana que nadie se acuerda de ella, el Lago estaba triste, sin peces. Y como
sabía que al agua le gustan los peces, porque la divierten y hacen cosquillas en la espina dorsal de
la tierra, el lago pedía peces a los ríos y a los mares, pero ni unos, ni otros podían llegar hasta él,
pues se encuentra demasiado alto”.
“Hubo grandes tormentas en la mar, pero a pesar de todos los esfuerzos de las olas y sus
espumas, éstas se quedaron a medio camino. Así se formó, entre otras cosas, el Golfo de
California, el río Lerma y el río Balsas, que intentaron llegar al lago con la ayuda de sus hijos: el
Tepalcatepec, el Carácuaro y el Tacámbaro –que no se llamaban entonces así-, pero fracasaron en
sus intentos. Entonces el viento le dijo al lago que sólo los hombres podían traerle peces, pero el
lago no sabía qué eran los hombres; ninguno se había mirado en sus aguas… y el lago, se moría de
quieto”.
Lo entrecomillado, son fragmentos del cuento original de Max Aub. Así que como aquí
dispongo de poco espacio, resumo lo que continúa en la narrativa: Como en toda historia, en esa
misma época hubo otra, que corría paralela al otro lado del mundo. El que entonces era
emperador de un lugar llamado China, tenía un guardián especial de sus extensos jardines,
llamado Ku Ri, que era además un famoso guerrero, más conocido por su apetito, que por sus
empresas. Gran comedor de osos blancos y de focas lustrosas, solía salir a cazarlos en temporadas
invernales, acompañado por su parentela, entre la que se encontraba A La Ka, su hijo predilecto,
quien tenía gran amor por las carpas que cuidaba en estanques. Y cuando la familia se preparaba
para una gran temporada de caza, el joven A La Ka, se hizo acompañar de algunas de sus carpas…
Seguramente, algunxs de ustedes, amables lectores, ya conocen todo el relato, que resulta
apasionante. Pero para quienes no lo conozcan, pueden encontrarlo en una edición de la SEP
llamada “Cuentos Mexicanos con Pilón”, o buscando el título: “La Verdadera Historia de los Peces
Blancos de Pátzcuaro”, de Max Aub, cuya lectura pude conocer gracias a mi querida amiga Lupita
Méndez Lunar, quien como educadora ha dedicado buena parte de su vida a promover el amor a
los libros y a la lectura.