Alma Gloria Chávez.
No recuerdo quién, en mis primeros años de adolescencia, me obligó a reflexionar si,
efectivamente, cuando se nos habla de “Patria”, penetran e impregnan nuestra consciencia
infantil, como si de un elixir milagroso se tratara, pensamientos o conceptos tan complejos como
soberanía, igualdad, dignidad, libertad, respeto, justicia o hermandad, sólo por mencionar algunos.
Luego vienen las etapas en que ese “amor patrio” se remece en símbolos como himnos, banderas
y escudos, tambores y clarines de guerra; historias de heroicidad, militares en actitudes
intimidantes y un innumerable ejército de personajes que desde las escuelas, o como
representantes de ayuntamientos o gobiernos, nos invitan a honrar la memoria de “próceres” y
defender a la “Patria Independiente”, sin ser ejemplo de lo que predican.
No cabe duda de que la lectura puede ayudar tanto para crear un pensamiento crítico y
reflexivo. Nunca pasé por una universidad, sino como invitada (cuando formé parte de un grupo
de Amnistía Internacional y cuando ofrecimos charlas sobre Violencia de Género, o Derechos
Sexuales y Reproductivos o Derechos de la Infancia y también cuando fuí parte del Comité local
por el Diálogo Nacional). Y bueno, puedo afirmar que como una servidora, muchas personas en
México, aún sin saberlo, somos parte importante de nuestra Patria.
Para quienes en América Latina hemos nacido, nos es imposible hablar sólo del país dividido
en el que habitamos, sin tomar en cuenta nuestra pertenencia a una América que tiene un ideal
enriquecido por la Historia: el de la Liberación. Así pues, contamos con una Patria Grande y una
Patria Chica. Y hemos aprendido que la llamada “lucha independentista” de América contra la
Corona Española, dieron inicio en el Sur de América. Y además de escritores e historiadores leídos
en mi adolescencia, ha sido Eduardo Galeano, con su documentado y contundente estilo, quien así
lo menciona:
“El grito de América estalla en Chuquisaca, Bolivia, en el año de 1809. Los criollos desconocen
el trono que José Bonaparte, hermano de Napoleón, ocupa en Madrid. La población de
Chuquisaca es la primera en atreverse. La rebelión de la Salamanca de América anuncia que
España pronto perderá el señorío de las Indias. Chuquisaca, que se llamó La Plata y luego Charcas
y se llamará Sucre, yace al pie de dos cerros amantes. De sus patios y jardines, fluye un aroma de
azahares y por sus calles circulan más hidalgos que villanos. Nada abunda tanto como las togas y
tensuras: muy de Chuquisaca son los doctores, tiesos como sus bastones de dorada empuñadura,
y los frailes que andan rociando casas con el hisopo. Aquí el mundo parecía inmutable y a salvo.
Asombrosamente, el ronco grito de la libertad ha brotado de esa boca acostumbrada al latín en
tono de falsete. Enseguida le hacen eco La Paz y Quito y Buenos Aires. Al norte, en México, un
cura nombrado Miguel Hidalgo recoge la consigna lanzada al viento y grita: ¡Viva la América y
muera el mal gobierno!”
En Chilpancingo, Guerrero, otro cura que en tres campañas militares ha ganado buena parte
del territorio mexicano mediante un Congreso errante, que como en peregrinación va tras el
caudillo, una noche del año 1813, a la luz de un velón de sebo, redacta las bases de la Constitución
Nacional (Los Sentimientos de la Nación). Propone una América libre, independiente… sustituye
los tributos de los indios por el impuesto a la renta y aumenta el jornal del pobre; confisca los

bienes del enemigo realista, suprime la esclavitud y la tortura y liquida el régimen de castas, que
funda las diferencias sociales por el color de la piel, de modo que “sólo distinguirán a un
americano de otro, el vicio o la virtud”. Ambos, Hidalgo y Morelos, sabían que no era posible la
independencia de nuestra joven Nación, sin pensar en la libertad de la Patria Grande.
Poetas y literatos han expresado con bastante lucidez lo que tantos personajes, artífices de las
luchas independentistas, guerrilleros que ofrendaron su vida en búsqueda de la auténtica libertad,
nos dejaron como herencia: conseguir la dignidad plena del individuo en un ambiente de
solidaridad, respeto y paz. Aquí, lo que algunos de ellos definían como Patria:
José Martí, el prócer cubano, describía allá por 1868: “El amor, madre, a la Patria,/ no es el
amor ridículo a la tierra,/ ni a la yerba que pisan nuestras plantas;/ es el odio invencible a quien la
oprime,/ es el rencor a quien la ataca,/ y tal amor despierta en nuestro pecho/ el mundo de
recuerdos que nos llama/ a la vida otra vez…”
El poeta mayor, Pablo Neruda, en su Canto General, escribía: “Patria, naciste de los
leñadores,/ de hijos sin bautizar, de carpinteros,/ de los que dieron como un ave extraña/ una gota
de sangre voladora,/ y hoy nacerás de nuevo duramente,/ desde donde el traidor y el carcelero/ te
creen para siempre sumergida.”
Roque Dalton, poeta salvadoreño, opositor a la Junta Militar que avasallaba a su país,
afirmaba: “Patria dispersa, caes/ como una pastillita de veneno en mis horas./ ¿Quién soportó tus
símbolos,/ tus gestos de doncella con olor a caoba,/ sabiéndote arrasada por la baba de crápula?/
¿A quién aún convences de tributo y vigilia?/ ¿Cómo te llamas, si despedazada/ eres todo el azar
agónico en los charcos?…”
Y Otto René Castillo, muerto por el ejército guatemalteco en 1967, buscando, junto a su
pueblo el anhelo libertario, escribió: “Pequeña Patria mía, dulce tormento,/ un litoral de amor
elevan mis pupilas/ y la garganta se me llena de silvestre alegría/ cuando digo patria, obrero,
golondrina./ Es que tengo mil años de amanecer agonizando/ y acostarme cadáver sobre tu
nombre inmenso,/ flotante sobre todos los alientos libertarios,/ Guatemala, diciendo patria mía,
pequeña campesina…”
Hablar de Patria es entonces, hablar de bosques, lagos y trinos. De penínsulas y costas
muchísimas y ajenas; cadenas de montañas, cientos de volcanes, ríos y praderas. Pero sobre todo,
al hablar de Patria, reconocemos en ella a hombres, mujeres y pequeños que cada día realizan un
callado esfuerzo entendiendo que no la quieren en manos extranjeras.

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