Alma Gloria Chávez.
Seguramente muchas personas que, como una servidora, nacieron en la década de los 50’s y
entendiendo hoy de que nuestros padres en esa época, todavía resentían la crisis económica por
la que el mundo atravesó, durante y luego de la Segunda Guerra Mundial, recordamos cómo la
llegada de los tres ilustres personajes en esta temporada invernal (Melchor, Gaspar y Baltazar),
aparte de llenarnos de ilusión, lograba crear, por lo menos en el entorno inmediato, fuertes
emociones de empatía y solidaridad hacia quienes económicamente vivían en desventaja;
logrando en muchos de los casos, que nuestro comportamiento por los obsequios recibidos ,“no
hiciera sentir menos a ningún infante”.
Pero bien: hoy quiero compartir con ustedes, apreciados lectores, lo que he logrado
“descubrir” al cabo de los años, de personajes tan enigmáticos, de tierras poco conocidas y que
han logrado marcar la riqueza cultural de poblaciones enteras en todo el mundo.
Fue durante mi adolescencia y luego de leer diversas versiones de lo que, hasta la fecha
reconozco como un bello acto de fé y tradición, que pude irme adentrando en la historia de esos
misteriosos personajes que llegaron a ofrendar al niño llamado Jesús, nacido en la aldea de Belén,
en territorio Palestino. En los Evangelios, por ejemplo, se dice que llegaron buscando al niño que
llegaría a ser rey de los judíos y que venían del más lejano Oriente; pero no se menciona su
número ni cómo eran, así como tampoco se sabe si sólo eran varones.
Quienes han estudiado las versiones bíblicas, además de literatura histórica del Oriente, han
escrito sobre la posibilidad de que estos ‘Reyes Magos’ fueran unos astrólogos babilónicos (que los
había en considerable cantidad en aquellas regiones), que guiados por la Estrella de Belén (una
conjunción de astros, se ha sabido), llegaron a adorar al Niño Dios, cumpliéndose así las profecías
sobre el advenimiento del “salvador del mundo”, del que habla el Salmo 31 Mesiánico: “Rey
pacífico y universal”, que predijo que “los reyes de Tarsis y de las islas ofrecerán presentes; los
reyes de Arabia y Saba le traerán regalos y le adorarán todos los reyes; todas las naciones le
servirán”.
También se sabe que los antiguos cristianos coptos, sirios, griegos y armenios, el 6 de enero
bendecían las aguas de cualquier río cercano a sus lugares de asentamiento, para utilizarlas todo el
año en la ceremonia del bautismo de los llamados neófitos, es decir, aquellos conversos que
aceptaban la nueva religión. Y hacia la primera mitad del siglo IV, la Iglesia de Oriente tomó la
decisión de festejar el nacimiento y el bautizo de Jesús, el día 6 de enero (fecha que en Egipto se
conmemoraba el nacimiento del dios Horus, el niño hijo de Isis y Osiris, adorado como el Sol
Naciente), al que denominó por tal causa, Día de la Epifanía, palabra que deriva del griego y
significa ‘aparición’ o ‘manifestación’. De ahí que la iglesia católica tomó la adoración de los Reyes
Magos a Jesús, como una “manifestación de Fe”: Epifanía.
En cuanto a la Estrella de Belén, existen registros históricos de astros luminosos con las
características que se le atribuyen a ésta: pudo tratarse de una “supernova” o “estrella nova”,
aunque no existen referentes confiables de aquella época. También se ha especulado que el brillo
inusual del famoso astro podría deberse a una “szigia” o conjunción de planetas que ocurre
cuando dos o más cuerpos celestes, vistos desde la Tierra, parecen acoplarse entre sí, por lo que
su brillo se vuelve atípico. E igualmente, existen hipótesis que afirman que la Estrella de Belén
pudo haber sido un cometa (como el Halley, que tiene una órbita calculable, o como el Catalina,
que se ha podido observar gracias a que desvió su curso original). Pero recordemos que los Reyes
eran observadores del cielo: astrólogos consumados que ya sabían de este fenómeno celeste que
les daría una señal igualmente prevista.
Los magos que adoraron al niño Jesús, fueron primicias de los gentiles que llegaron más tarde
a adorar y rendir pleitesía en nombre de los pueblos paganos, al pequeño niño que vendría a
iluminar al mundo conocido hasta entonces, sacando de las tinieblas a ese mundo corrompido por
la ambición y el poderío. Un niño salvador que venía a incorporar a gentiles y plebeyos (judíos y
no judíos) en un solo reino, un solo pueblo, una sola iglesia: como es el sentido filosófico cristiano.
Con el nacimiento de Jesús y la adoración de los Reyes (de distintas razas), así como de pastores y
gente del pueblo sencillo, se expresa el deseo de que desaparezca la discriminación; y la presencia
de todos, atestigua que las puertas de la salvación están abiertas, como lo estuvo aquel pesebre
en la aldea de Belén.
Tal vez, como afirman algunos historiadores, los Reyes Magos fueron más y sus regalos,
cargados en caballos, camellos o elefantes (único transporte en el Oriente antiguo), fueron varios
kilos de piedras preciosas, plumas de avestruz, bálsamos, especies, cofres llenos de áloe, ébano y
sándalo, así como las preciadas telas de algodón y seda que valían como el oro y que todo esto era
en realidad, lo que se comerciaba (o intercambiaba) en aquellas tierras semidesérticas.
Quizás la Estrella de Belén fue la conjunción, demostrada posteriormente por métodos
modernos y científicos, de Júpiter y Saturno bajo el signo de Piscis. Seguramente los nombres de
estos Sabios Orientales fueron diferentes y variables, de acuerdo con cada región o cultura: Kgpha,
Badalilma y Badadakharida para los armenios; Apellicon, Amerim y Serakin para los griegos;
Melchor, Gaspar y Baltazar, para los pueblos de ascendencia latina… pero la mágica tradición,
pervive.
Magos, sabios, hechiceros, astrólogos, los personajes orientales encarnados en los Tres Reyes
Magos, que en tierras mexicanas son esperados con fervor por miles de infantes, encierran tras de
sí el misterio de filosofías tan antiguas como el mazdeísmo, antigua religión persa (hoy Irán)
basada en Ahura Mazda, el mítico personaje que recogió en el Zend-Avesta todas sus enseñanzas,
basadas, como el cristianismo, en la Modestia, la Austeridad, la Hermandad, la Compasión y la
Bondad: lo que constituyen la auténtica riqueza que lleva a LA PAZ, BIEN INCUANTIFICABLE QUE
PUEDE, SIN TENER QUÉ COMPRARSE, DISFRUTAR CUALQUIER MORTAL.
Hoy día y luego de ver la invasión de todo tipo de “juguetes” y artefactos que distan mucho de
“estimular la creatividad y el aprendizaje” Y MUCHO MENOS crear en el ánimo de nuestros
menores sentimientos de modestia, de bondad, de amor y de paz, me pregunto cuál será el
destino final de toda esta sobreproducción de objetos: la mayoría de plástico y copias miniatura
de máquinas de guerra, que “cobran vida” mediante pilas alcalinas desechables, con igual destino
incierto. En tanto nosotrxs, como adultos, ¿de verdad creemos que estas euforias y competencias
comerciales, resultan buen legado para nuestras infancias? Yo pensaría seriamente en pedir
consejos sabios a esos Magos Orientales.