Alma Gloria Chávez.
Han transcurrido seis años luego de la crisis inmunológica que el Planeta vivió a inicios de la
segunda década del año 2000. Hoy todavía me sorprende encontrar alguno que otro artículo
científico que nos informe de cómo nuestra salud (a nivel mundial) se vió gravemente vulnerada,
no sólo por la gravedad del mismo virus (COV-19), sino por todo el mercado de vacunas y
antibióticos que sin regulación alguna invadieron hasta los más recónditos lugares… además del
consumo generalizado de alimentos altamente procesados, que aumentaron las ganancias de
grandes firmas como Bimbo, Grupo Lala y Gruma.
Ya en el año 2013, la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación
(FAO, por sus siglas en inglés), advertía los altos riesgos que en nuestra salud repercutía el
abandono, por parte del gobierno federal (neoliberal) de programas y respaldos económicos para
el campo mexicano. El mismo organismo informaba que luego de los logros obtenidos en América
Latina en cuanto a la reducción del hambre en las dos décadas anteriores (1990 y 2000), se
‘disparó’ el crecimiento sostenido de la obesidad, padecimiento que 7 años antes de declarada la
‘pandemia’, ya sufría cerca del 25 por ciento de los latinoamericanos y que México aparecía con
las cifras más altas: el 32 por ciento.
El entonces representante de la FAO, declaró: “América Latina y el Caribe es la región que
mayores avances ha logrado en la reducción del hambre a nivel global”. Sin embargo, a pesar de
que los países concentrados en esta región producen más alimentos de los que requieren para el
consumo de su población, la subalimentación afecta a 47 millones de personas. Y por otro lado, se
advirtió un preocupante incremento de la obesidad en América Latina: “El sobrepeso infantil ha
crecido en trece países latinoamericanos”.
La Consejera sobre Estrategias de Sustento de la Agricultura y Reducción de la Pobreza de la
misma FAO, afirmó que la situación que se empezó a gestar en esos años es considerada por los
organismos encargados de velar por la salud y la alimentación, como una guerra: “Estamos
encontrando una nueva forma de hambre que no es por falta de calorías y eso es lo que debemos
enfrentar. La mayoría de nuestra población no se está alimentando adecuadamente, ya que las
empresas, mediante propaganda carente de ética, ‘ofertan’ alimentos procesados que contienen
exceso de azúcares, grasas saturadas y sodio, más allá de la tolerancia de cualquier organismo”.
Hoy sabemos que la obesidad comenzó a afectar con más fuerza a los latinoamericanos a
partir del encarecimiento e los alimentos, desde la crisis del año 2008, lo que provocó cambios
sustanciales en los estilos de vida de la población, como el excesivo consumo de la denominada
comida ‘chatarra’, en lugar de alimentos sanos. Algo que llama la atención, es cómo los
especialistas en salud de hace veinticinco años, no tomaron en cuenta algo tan elemental como
esos cambios en los hábitos alimenticios, y es ahora, ante la epidemia de obesidad, diabetes e
hipertensión arterial, que se muestran alarmados. Y eso, seguramente, porque no se dan abasto
para atender a pacientes de todas las edades con estos problemas originados en una mala
alimentación.
México es, según datos confiables, uno de los mayores consumidores de refrescos y bebidas
alcohólicas embotelladas, así como botanas de todo tipo, pastelitos, galletas y sopas instantáneas.

Constancia de ello, es contemplar la cantidad de basura que queda tirada en los espacios públicos
luego de un “festejo” cívico o popular, o en un “día de mercado”. Ah! Y por si fuera poco, se ha
adoptado alegremente la ‘costumbre’ de ‘echar bastante crema’ a todos los platillos
tradicionales… con lo que pierden casi por completo su valor nutritivo.
En estudios realizados por Alianza por la Salud Alimentaria, se encontró que en cada paquete
de pastelitos que se etiqueta con una ‘información nutrimental’ de vitaminas, calcio, zinc, ácido
fólico, fósforo y hierro, se omite mencionar que el paquete completo contiene el equivalente a
ocho y media cucharadas cafeteras de azúcar y casi diez cucharadas cafeteras de grasa, lo que
cubre del 213 al 284 por ciento del máximo tolerado para cualquier pequeño.
La Secretaría de Educación Pública, que durante décadas permitió la venta e todo tipo de
‘comida chatarra’ en las cooperativas escolares, también muy recientemente (y casi de manera
obligatoria) ha iniciado una serie de medidas, intentando corregir tales desaciertos, aunque se ha
venido topando con grandes dificultades, ante una serie de vicios creados entre quienes
administran las famosas cooperativas y con los mismos padres de familia, que ya se han
acostumbrado a poner en la ‘lonchera’ de su criatura un yogurth, un paquete de galletas, un
sándwich del ‘Oxxo’ y un ‘juguito’ sabor naranja.
“El sistema educativo debe difundir las ventajas de volver a la dieta tradicional”, proponen los
especialistas en nutrición. Y han empezado, en alianza con gastrónomos reconocidos, una serie de
acciones tendientes a propiciar el que se establezcan políticas públicas para “el rescate,
salvaguarda y promoción de la gastronomía nacional”, que incentiven la producción agrícola en
pequeña y mediana escala y fortalezcan el sistema de centrales de abasto, mercados tradicionales
y tianguis.
Otros especialistas en salud opinan que la mala y desequilibrada dieta del mexicano viene
desde el nacimiento, ya que en las últimas décadas se detectan bajísimos niveles de lactancia
materna, pues aunque 93 por ciento de los bebés la recibe al nacer, sólo el 14 por ciento la
conserva como su alimentación básica hasta los cinco meses recomendados. Luego, entre
preescolares, se presentan altos índices de anemia, porque sólo el 20 por ciento de los menores
desayuna y apenas el 17 por ciento de los pequeños en edad preescolar consume frutas y
verduras; y entre los adolescentes, el indicador (emitido por Nutrición, Salud y Bienestar del Fondo
Nestlé) se reduce a 4 por ciento. “De hecho, afirman, el sector de los adolescentes mexicanos es
el peor alimentado”.
“¿Te has dado cuenta -me preguntó una amiga enfermera- de cómo, entre las comunidades
indígenas ha ido en aumento el deterioro de la salud entre sus pobladores, sobre todo entre lxs
jóvenes? Ellos son quienes están más expuestos a este fenómeno llamado ‘disnutrición’, que se
trata de una nutrición mal hecha, que se debe a la mediocridad científica, a visiones acartonadas,
acríticas y parciales; a la injerencia exagerada de intereses comerciales e ideológicos: a las mafias,
al fanatismo y a todos esos factores que nos llevan a vivir en el engaño, pensando que por
comprar en grandes tiendas, o a grandes ‘marcas’ productos de moda, comemos muy bien. Así,
los jóvenes de medios rurales piensan que consumir todo lo que los medios de publicidad ofertan,
les permite identificarse con los jóvenes de medios urbanos. Vaya ésta, mi modesta reflexión, en
el Día dedicado al nutriólogo/a.

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