Alma Gloria Chávez.
Hoy, como nunca antes,
“resulta necesario abandonar
la razón de la fuerza, para reconocer
la fuerza de la razón”.
Antrop. A. Oriol Anguera.
“Piensa y actúa de manera diferente a lo socialmente permitido, y encontrarás de inmediato
quienes te enjuicien, condenen, discriminen y ataquen”, me ha dicho, con elementos probatorios
y contundentes, una mujer muy querida y cercana. Pero también añade: “…y no por eso, nuestro
interés por crear mejores condiciones de vida, basadas en la equidad, el respeto y la no
discriminación, dejará de ser lo que aliente y colme de esperanza nuestra existencia”.
Cómo he tenido presentes las palabras de esta “hermana mayor”, en estos tiempos
turbulentos que parecen no tener fin; cuando por primera vez en la historia nacional, la voz de una
mujer invita al patriotismo (a recuperar el amor a la Patria y a defender Dignidad); cuando apenas
jóvenes generaciones se están ocupando de “desempolvar” la casi invisible participación de tantas
mujeres en las diferentes etapas del transcurrir de este Continente “inventado”, que desde antes
de la presencia hispana contribuyeron a que nuestro pensamiento, voz e ideales fueran
complementarios a los de quienes anhelan, luchan y mueren intentando la construcción de una
Nación verdaderamente digna e independiente.
Muchas mujeres ya sabemos que buscar a la mujer en la historia de México, representa
admitir que existen múltiples desconocimientos. Y lo mismo sucede en la historia universal. La
escritora inglesa Virginia Woolf decía al respecto: “Hace siglos que las mujeres han servido de
espejos dotados de la virtud mágica y deliciosa de reflejar la figura del hombre dos veces
agrandada, (ya que)… los espejos son esenciales a toda acción violenta y heroica”. Esto es,
nuestro papel en la historia se ha distorsionado por el espejo que significa la historiografía.
El principal modelo que se nos ha ofrecido a las mujeres de todas las épocas en la vida
(colonial) del país, desde el siglo XVI, es un “deber ser” que enajena nuestras realidades y nuestras
opciones. Lo femenino se asocia a la “naturaleza” y virtudes como la emoción, el instinto y la
intuición. En tanto, lo masculino, susceptible de cambio, se vincula con el pensamiento, el “hacer
cultura”, el crear, organizar. Y con este “modelo” lo que se ha conseguido es levantar barreras
infranqueables entre el “ser mujer” y “ser varón”… y nos ha llevado, desafortunadamente, a
tantos desencuentros, no exentos de violencia.
A pesar de todo, sabemos, por los pocos ejemplos de mujeres que se mencionan en las
páginas históricas, que los anhelos libertarios nos han acompañado desde siempre. Existen
muchas, muchísimas mujeres que disienten… que piensan y actúan diferente. Y podemos
observar algunos ejemplos de ello y de manera significativa, en personajes como La Malinche,
nuestra mítica Eréndira, en Juana de Asbaje, doña Gertrudis Bocanegra, María Luis Martínez “La
Patriota”, doña Antonia “La Correo”, Josefa Ortiz de Domínguez, y más recientemente, en Rosario
Castellanos, Benita Galeana, Rosario Ibarra, la Comandanta Ramona y las mujeres Zapatistas, en la
abogada agraria Eva Castañeda, en Digna Ochoa o en Lidia Cacho y en muchas otras a las que
reconocemos como “Luchadoras Sociales”.
Para ninguna de las aquí mencionadas, podemos asegurar, la vida resultó sendero fácil. Ardua
tarea asumieron generosas, en el intento de “deconstruir” gastados e intolerantes esquemas
sociales y proponer nuevas relaciones sin discriminación, explotación, ni autoritarismo. Apenas en
el siglo XVIII, la vida en México (máxime en provincia) resultaba doblemente injusta para la gran
mayoría de mujeres: discriminadas por el poder político-religioso y sometidas a decisiones y
caprichos familiares, resulta claro y comprensible que ante legislaciones estrictas y ese “deber ser”
-que no lograba acomodarse a una realidad avasallante-, los anhelos, los sueños y los deseos, que
para nadie resultan fáciles de encadenar, enseñaron a muchas mujeres a moverse en el nivel de lo
ambiguo y a buscar espacios acordes a lo más parecido o cercano a la libertad.
Resulta claro que las mujeres del campo y de comunidades, desde siempre y de manera
natural, han encontrado en la elaboración de textiles, cerámica y varias actividades agrícolas, los
momentos propicios para que el cuerpo y la mente disfruten de una cierta paz; las que recibían
educación, pertenecían al sector criollo y esos aprendizajes no garantizaban beneficio social
alguno, por lo que acogerse a la lectura, la música y la poesía, resultaba igualmente liberador.
Juana de Asbaje, rodeada de mujeres pertenecientes a esa clase social, decía que “muchos quieren
dejar bárbaras e incultas a sus hijas, que no exponerlas a tan notorio peligro como la familiaridad
con los hombres”.
Con este somero “recuento” de la historia en nuestra joven Patria, sabemos de los largos y
dolorosos procesos que durante generaciones hemos vivido, marcados por guerras y múltiples
agravios, en la búsqueda de una sociedad libre de violencia y de prejuicios, dogmas, fanatismos,
explotación, discriminación y autoritarismo. Innumerables batallas se han librado entre hombres y
mujeres (aunque ignoradas), intentando alcanzar los más altos ideales a que aspira la humanidad.
Quiero creer (como muchxs), que nada ha sido en vano. Las mujeres, con todo el dolor de
contemplar a los padres, esposos e hijos sacrificados , se han ido sumando a los esfuerzos de
quienes trabajan y construyen los cimientos de la paz verdadera, con justicia y dignidad.
En lo personal, han sido esos ideales libertarios de miles de mujeres (algunas apoyando las
luchas contra las tiranías; otras haciendo de sus vidas experiencias dignas y ejemplos a seguir) los
que han acompañado mis propósitos de vida, que desde la niñez fueron cultivados por la cercana
presencia y experiencia de padres, hermanos, educadores y, sobre todo, mujeres que han dejado
profunda huella en mente y corazón. Por ello, soy de las que hablan cuando “hay que callar”,
piensan y reflexionan, en discordancia de lo que “hay que aceptar” y participo entusiastamente en
cuanta actividad resulte propicia para recuperar “el bien común”, señalando cualquier menoscabo
a los Derechos Universales conquistados con la sangre y el dolor de nuestros pueblos. Yo sé que el
proceso de la transformación del Mundo comienza con la autotransformación. Y sólo se liberará
de la guerra, de la injusticia y la ambición de unos cuantos, cuando los individuos seamos
auténticamente libres. Y estoy convencida de que todo comienza, cuando una mujer disiente.
Como un sentido homenaje a quienes me enseñaron a disentir y a mis compañeras de la
Colectiva “Mujeres por el Agua y por la Vida”.