Alma Gloria Chávez.
Se habla de que son miles de menores en el Estado; en el país, según datos recientes, se
calculan alrededor de 3.7 millones de menores de entre cinco y 17 años, que están trabajando, la
mayoría en malas condiciones, con jornadas largas y bajo esquemas que limitan sus derechos
básicos. Informes recibidos por TwitterCompartir (Linkedin), recuerdan que aquí en nuestro
Estado, el 1º. de febrero del 2024, las autoridades mexicanas rescataron a 18 menores de edad
que eran víctimas de explotación laboral infantil en el municipio de Salvador Escalante. Los
menores realizaban actividades agrícolas en una huerta de arándanos. Quisiéramos pensar que
esto ya no sucede. Sin embargo…
En las mismas “redes sociales” y a falta de un periodismo verdaderamente comprometido con
la labor de informar con libertad, autonomía y la ética que corresponde a tan noble misión, se
reflexiona: “La esclavitud moderna se ve de muchas formas, (y) el trabajo infantil es una de las
más comunes en México.”
“Cada 12 de junio se conmemora el Día Mundial contra el Trabajo Infantil, como un
recordatorio de lo necesario que es erradicar esta problemática que impacta negativamente a la
niñez y adolescencia en las comunidades más vulnerables. México ha firmado convenios
internacionales en los que se compromete a reducir y eliminar el trabajo infantil, pero no lo ha
logrado. Las desigualdades estructurales están estrechamente ligadas con la explotación de
menores en el mundo laboral, especialmente en zonas rurales, entre la población migrante y el
sector agrícola.”
Y todxs lo tenemos claro: la relación con los cambios económicos que sufre nuestro país, sobre
todo luego de la firma del Tratado de Libre Comercio y la puntilla que representó la crisis sanitaria
mundial del 2020, vinieron a agudizar problemáticas que no se han superado en décadas, como el
desempleo, la caída del salario real, el aumento en el costo de la vida, o la reducción del poder
adquisitivo.
A pesar de las convenciones internacionales que protegen a la infancia de la explotación y la
esclavitud laboral, y a pesar también de la Ley Federal del Trabajo en México, que prohíbe
explícitamente el trabajo infantil (refiriéndose a los menores de 14 años), “del total de menores en
situación de trabajo infantil, casi 400 mil tienen apenas de cinco a nueve años; 1.5 millones tienen
entre 10 y 14 años y los 1.8 millones restantes son adolescentes de 15 a 17 años”, según cifras de
la Encuesta Nacional de Trabajo Infantil (ENTI 2022) del INEGI.
Hace unas dos décadas, don Emilio Krieger, quien dedicó muchos años de su vida a la
investigación, estudios y propuestas para hacer efectivos los Derechos de la Infancia en México,
afirmaba que “el trabajo infantil no es un fenómeno que preocupe a los economistas, ni a los
sociólogos, ni a los moralistas o filósofos del neoliberalismo, porque lo consideran una secuencia
natural y hasta necesaria del desarrollo económico y tecnológico, como lo son -piensan ellos-, la
proletarización, la acentuación del desequilibrio en la distribución de los ingresos, o la división del
mundo entre las grandes potencias y los países pobres”. Y agregaba: “Los varios millones de
infantes trabajadores en México, son muestra palpable de que dentro de las preocupaciones de
gobiernos que viven sometidos por el neoliberalismo, no entra la de hacer respetar la prohibición
del trabajo infantil”.
Por supuesto que todxs nos damos cuenta de esos niños y niñas que deambulan por las calles
o los mercados; a veces, bajo la mirada “vigilante” de sus padres o algún adulto, ofertando
mercancía u ofreciendo su trabajo como cargador, cuidador o lavador de autos o, de plano,
extendiendo su mano para pedir “alguna moneda”. Apenas si sonríen y tal vez no conozcan la
caricia de la ternura.
“Para los niños se observa que la mayoría se ocupan en actividades no permitidas, mientras
que para las niñas la principal ocupación son los quehaceres del hogar, en condiciones no
adecuadas. En México, particularmente, otra de las cifras agobiantes es la duración de las
jornadas laborales que enfrentan los menores de edad. Según la Encuesta Nacional de Trabajo
Infantil (ENTI), el 15% de los menores en situación de trabajo infantil, laboran más de 48 horas a la
semana; este nivel es incluso superior a lo que permiten las leyes para los adultos.”
Conviene recordar que el nivel de explotación infantil aumenta en las épocas de represión, de
contracción o de desempleo (algo recurrente en México) y que los empresarios prefieren sustituir
a trabajadores adultos con menores, cuyo trabajo es pagado con más avaricia o mezquindad,
como nos han dejado saber reveladores reportajes periodísticos de niños y niñas que,
acompañando a sus padres migrantes a la siembra o pizca de productos del campo en varios
estados del Norte, o aquí mismo en Michoacán, también se ven sujetos a la explotación de su
trabajo, exponiéndose a la vez a pesticidas que dañan su salud.
Estudios realizados por el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la Universidad Nacional
Autónoma de México hace más de una década, arrojaron datos esclarecedores de la situación que
guardan tres millones de menores, de entre cinco y diecisiete años, que realizaban distintas
actividades laborales en el campo, en las calles y negocios pequeños, entre otros espacios. Cuatro
de cada diez menores, trabajaban sin remuneración; 60 por ciento de los que trabajaban en esos
años, lo hacían con algún familiar; 30 de cada 100 laboraban en el sector agrícola y 52 por ciento
en el de servicios y comercio. No ha cambiado mucho el panorama, de entonces a hoy.
En el año 2012, una compañera con quien ofrecíamos talleres de “memoria histórica”,
dirigidos sobre todo a las infancias de comunidades y colonias populares, “recogió” el testimonio
de un pequeño (cuyo nombre hemos cambiado) que, llegado a Pátzcuaro de una comunidad rural
con su familia (madre y otros cuatro hermanos), nos dejó saber su experiencia “en la ciudad”:
“Pedro tiene diez años de edad. Casi no conoció a su padre, pero sí a varios tipos que su madre
mete en casa y cuando ella no tiene alguno, sufre maltrato y lo manda a la calle a conseguir
chamba o dinero, sin importar cómo sea. Ha desertado de dos escuelas, en las que apenas logró
avanzar dos grados y ahora, por su edad, ya no lo aceptan en otra. Algunas temporadas, Pedro ha
permanecido refugiado con parientes, amigos, o de plano en la calle, comiendo lo que puede o le
ofrecen y durmiendo ‘donde caiga’. Pedro piensa que él no le importa a nadie. Su madre (joven,
todavía), casi no le pregunta dónde ha estado o cómo se encuentra luego de su ausencia. ‘A
veces, dice, ya ni quiero regresar al lugar que no llama casa. Trabaja ‘en lo que va cayendo’. Y dice
que no, no le gusta robar.” Hoy que comparto su historia, pienso en ¿qué será de aquel niño
‘Pedro’? Y en todos lxs pequeñxs que son despojados de su infancia.