Alma Gloria Chávez.
Hace varios años, en uno de los muchos talleres que organizamos para
encontrar la suficiente fortaleza que se requiere atendiendo problemáticas
de violencia, sobre todo entendiendo que ninguna de nuestra colectiva tenía
la suficiente preparación, ni la experiencia en esas situaciones, escribí en mi
cuaderno de notas la siguiente frase que dijo nuestra compañera Sonia,
quien se encargó de iniciar la primera sesión: -“Aunque pueda sonar egoísta,
muchas mujeres afirmamos que no podemos ofrecer apoyo ni cuidados a
nadie, mientras no seamos capaces de cuidar nuestra integridad”.
Esto viene “a colación”, luego de que en este último lustro entendemos
que se está dando la importancia y atención que merece el trabajo de cuidar
a otrxs y que a menudo todavía no se toma en cuenta, sino como una
obligación “familiar” o social. Y tampoco se ha hecho mucho, a nivel
institucional, para avanzar en la creación de esas políticas sensibles a la
equidad de género que impulsen, en coadyuvancia con la sociedad civil, que
la hoy denominada “Economía del Cuidado”, sea reconocida y logre generar
conciencia “sobre el papel central de los cuidados en nuestras sociedades y
promover un cambio necesario en su organización y valoración.”
Fue en fechas muy recientes (2022) que el Consejo de Administración de
la Organización del Trabajo (OIT) dio un paso significativo al promover una
discusión general sobre la “economía del cuidado”, esto es: la valoración en
términos económicos, del trabajo que representa cuidar al prójimo, sea
familiar o no y sea de cualquier sexo o edad; enfermx o discapacitadx;
temporal o permanentemente.
En algunas Entidades y en pocos Municipios, los servicios institucionales
han estado presentes, pero no se encuentran disponibles en todas las
comunidades y no cuentan ni con equipo ni con personal suficiente (ya no
digamos medicamentos), además de que están siendo permanentemente
amenazados por los cambios administrativos y los recortes en los
presupuestos. Y por otro lado, existe en nuestra sociedad un creciente
número de mujeres que en alguna etapa de su vida cuida o cuidará de
alguien y por consiguiente, tienen o tendrán problemas en su vida, en su
trabajo y en su salud.

Nos resulta claro entonces, que para toda persona “cuidadora” son
necesarios los servicios de apoyo que posibiliten, además del empleo
contínuo, tales como centros de cuidado diurno (pagados con nuestros
impuestos), o trabajadorxs que acudan a domicilio, para apoyar en las tareas
que sean necesarias cuando se cuida a una persona enferma. Cuidados de
enfermería a corto plazo (aunque sólo fueran por fines de semana),
ayudarían a aliviar la presión sobre las mujeres que somos mayoría cuidando
o atendiendo a otrxs, además de trabajar fuera del hogar.
En países como Estados Unidos y varios de Europa, ha crecido de manera
alarmante el número de personas mayores de 55 años que se encuentran
crónicamente incapacitadas y permanecen confinadas en sus casas, sin
posibilidad de hacer vida social. Y México está avanzando también en ese
sentido, debido al alto número de jóvenes que ya han empezado a padecer
problemas de salud irreversibles y que además no están educados para
atenderse… mucho menos para pensar en cuidar o atender a alguien más.
Declaraciones de la Directora regional de la OIT para América Latina y El
Caribe, Ana Virginia Moreira Gomes, toca la parte esencial, la más humana de
la “Economía del Cuidado”: “El enfoque de la OIT, con su liderazgo histórico
en la promoción del trabajo decente, desempeña un papel clave en el avance
de la economía del cuidado. El enfoque, se basa en las Cinco R: Reconocer,
Reducir, Redistribuir, Recompensar y Representar el trabajo de cuidados,
(que) da como resultado una hoja de ruta clara hacia un cambio estructural”.
Cuando cuidar de alguien es un trabajo que queremos hacer, respetado
por nuestra familia y la comunidad, puede y llega a ser gratificante. Sin
embargo, muy a menudo, es simplemente lo que lxs demás esperan de
nosotras, convirtiéndose así en una actividad tediosa y desagradable, de la
que se elude hablar. A Colectividades de Mujeres nos dan mucho qué pensar
las sociedades que dejan que los/as ancianxs se cuiden como puedan
haciendo a un lado el compromiso que tiene el Estado para proporcionar
servicios en todas las etapas de nuestra vida. Somos las mujeres en
particular quienes más tememos la dependencia hacia otras personas,
porque se nos ha inculcado, desde pequeñas, a aceptar o esperar que
otros/as dependan de nosotras.
Por ello nos estamos sumado a un movimiento de mujeres y hombres
que logrará un acto de justicia global: promoviendo sistemas, políticas y
licencias de cuidado más fuertes e inclusivos, sabiendo que son la base de un
mundo más equitativo, justo y digno.

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