Detalle de postal aérea de Monte Albán, Oaxaca, fotografía de Territorio Score

En el capítulo “El Clásico en el México antiguo” de la Nueva historia general de México, publicada
por el Colegio de México en 2010, al tratar los procesos de urbanización en dicho periodo
prehispánico, el antropólogo y arqueólogo español Enrique Nalda (1936 – 2010) concluye con lo
que me parece un gran ejemplo de reflexión histórica que no solamente es muestra de gran
conocimiento, sino también constituye una perspectiva nítida y crítica que nos interpela como
individuos y como grupos en cualquier situación que implique acciones. Por lo anterior, la refiero
en su completa extensión:

«A los ojos de un observador familiarizado con los trazos reticulados (y, por lo tanto, con las
orientaciones precisas) de las ciudades modernas, Teotihuacán resulta ser una respuesta ideal a
las necesidades de albergar una población grande y diversa. Quizá esa es la razón por la cual se
la ha tomado como el modelo con el que se mide la racionalidad y el grado de evolución de los
asentamientos prehispánicos. En esa óptica, profundamente occidental, las ciudades mayas
estarían un paso atrás del gran centro urbano de la Cuenca de México en las tradicionales
secuencias evolutivas. Nada más equivocado. Las respuestas que los pueblos mesoamericanos
dieron a los problemas impuestos por las grandes concentraciones humanas fueron muy distintas,
pero, vistas desde la perspectiva de las condiciones particulares en las que se produjeron, todas
resultaron igualmente eficientes. Fueron respuestas a condiciones ambientales, históricas o
funcionales específicas. En el caso de Monte Albán, se trató de la respuesta a una necesidad
defensiva; en el caso de las ciudades mayas, que tienen una topografía donde se entreveran
bajos y laderas bien drenadas, fueron formas de responder a la necesidad de integrar una
población dispersa. Estos otros esquemas de asentamientos podrían, de hecho, ser más
eficientes que los patrones reticulados, caracterizados por el trazo de avenidas y calles en ángulo
recto: sin duda tienden a un reforzamiento de la identidad comunitaria, a una mayor cohesión
social y, en la perspectiva del grupo gobernante, a un control social más firme. Monte Albán lo hizo
por “recogimiento” de su población; Tikal y Dzibanché lo hicieron al revés: repartiendo actividades
y ritos, y ampliando el espacio donde ambos se resolvían. Entender esto último requiere, sin
embargo, abandonar nuestros propios parámetros, aceptar que las cosas se pueden hacer de
varias formas y que quizá nuestra forma de realizarlas cotidianamente no sea la más eficaz, ni la
que se ajusta mejor a nuestras necesidades, sean económicas o existenciales.»

Ciertamente, en lo grande o en lo pequeño, en lo individual o en lo colectivo, en lo cotidiano o en
lo especial hay varios modos o formas de hacer las cosas. De solucionar necesidades,
requerimientos o problemas. De lograr bienes o mejoras. Considerar esto, además de ampliar
nuestro pensamiento, es un paso para mejorar. Porque mejorar es un cambio y ello implica que las
cosas pueden ser o hacerse diferentes, poco o mucho, y en esa diferencia habría un mayor bien,
mínima o grandemente.

Gabriel Argenis Ponce Fuentes

Fuente de la referencia: Eric Velásquez García et al., Nueva Historia General de México, El
Colegio de México, México, 2010, p. 93.
Imagen: Detalle de postal aérea de Monte Albán, Oaxaca, fotografía de Territorio Score

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