Alma Gloria Chávez.
Estos tiempos que corren, traen “vientos de cambio”. Por primera vez en la Historia, ha sido
una mujer, ocupando el gobierno de una nación bastante lastimada, quien ha puesto en alto el
nombre de una mujer patzcuarense, fusilada por haber decidido luchar en contra de la opresión
colonialista del siglo XVIII en este pedazo de Matria azotado por las violencias de clase, de género
y de raza. Ella fue nuestra María Gertrudis Teodora Bocanegra.
Al escuchar ese nombre, que quedó impreso en la memoria de millones de mexicanxs, que
seguramente ignoraban a mujeres que también fueron no sólo torturadas, sino “pasadas por las
armas”, además de excomulgadas por la Iglesia Católica y arrojadas a la “fosa común”, vino a mi
memoria Doña María Luisa Martínez, quien también, como doña Gertrudis, fue fusilada en enero
de 1817, 9 meses antes que la señora Bocanegra, en el poblado de Erongarícuaro, adonde
también llegaron los “aires de Libertad”.
Formando parte del “Centro de Promoción para la Equidad de Género “María Luisa Martínez”,
creado en Pátzcuaro para atender Violencia Intrafamiliar entre los años 1994-2002, y para un
aniversario de su natalicio, luego de un sencillo homenaje realizado en Erongarícuaro, dimos
lectura a la siguiente misiva, que hoy cumple también con el propósito de exaltar la convicción, el
arrojo y la valentía de una mujer sencilla, que con su sacrificio mostró que el amor por la Libertad
resulta tan grande, que no puede caber en un solo cuerpo… ni en una sola Vida.
Inolvidable señora María Luisa:
Hemos leído juntas una breve biografía suya, en donde sólo hemos encontrado bosquejos de
los últimos años de su vida: como esposa, como madre y como ardiente simpatizante de la causa
independentista de la Nación subyugada. Pero nada nos dicen de cómo transcurrió su niñez y
adolescencia, ni tampoco insinúan cuál fue el hecho o acontecimiento que encendieron en su alma
el anhelo libertario.
Sabemos que usted nació y creció en el pueblo de Erongarícuaro en la época virreinal, cuando
a las mujeres que tenían cierta posición social, se les educaba de dos maneras: aquella tan
generalizada que se ayudaba del “azote, la palmeta y los piquetes de aguja” para que se
memorizara el Catecismo del Padre Ripalda, y la “Innovadora”, mediante la cual las técnicas eran
más amables, el ritmo más lento, pero que pretendía construir un “modelo de mujer” -bastante
parecido al todavía hoy tradicional-, bajo el precepto de que “por ley natural, por la divina y por la
civil, la mujer, hablando en lo común, siempre es inferior al hombre”.
Así que, seguramente, no fueron estas prácticas educativas las que influyeron en usted,
sembrando en su conciencia ideales contrarios a la injusticia y discriminación tan comunes hacia la
mayoría de la población nativa de estas tierras, y sobre todo, con más rigor contra las mujeres.
Suponemos que a su “poca preparación” fue complementada por una práctica cotidiana de
convivencia con gente de comunidades y poblaciones empobrecidas por la permanente
explotación de caciques y “gente de poder”, que además de arrebatarles sus tierras, obligaban a
hombres, mujeres y niñxs a trabajar en ellas como esclavos; privándoles de todo, cuando eran
descendientes de quienes habían vivido en esos territorios fértiles y libres de toda explotación.
De lo que estamos completamente seguras, es de que usted, joven señora, desarrolló en alto
grado lo que nosotras ahora nombramos empatía; es decir, la cualidad que nos hace alcanzar esa
estatura humana que permite mirarnos en los semejantes como en un espejo, entendiendo y
atendiendo sus problemas y desgracias como propios, para actuar en consecuencia.
La historia documenta que su matrimonio, en 1799, a los 17 años de edad, fue con Esteban
García Rojas, a quien apodaban “El Jaranero”, porque vendía guitarras de manufactura artesanal
en su tienda de abarrotes y quien también poseía tierras de labor. Que fueron cuatro los hijos que
tuvieron y llevaron por nombres: Esteban, Crisóstomo, Genoveva y Luisa. Y ¡A saber cómo
transcurrió su vida, entregada a la crianza entonces! Erongarícuaro era una población rural que
más simpatizaba con el gobierno realista que con el movimiento independentista.
Sobradas razones tendría usted, doña María Luisa, si hubiese decidido ser solamente, una
mujer de familia en época y situaciones tan adversas… pero, precisamente, cuando el mayor de
sus hijos contaba apenas 12 años y la menor 5, Esteban y usted miraron con simpatía la proclama
hecha por Don Miguel Hidalgo y Costilla, para llevar adelante la lucha por la Independencia de
México en 1810 y en 1814, ya tomaban parte en ella, haciendo llegar víveres, dinero y noticias a
los guerrilleros. Cuatro veces fue usted encarcelada y multada para hacerles desistir de sus
convicciones libertarias, pero ni Esteban ni usted se rindieron.
La última vez de su detención y ya no disponiendo de recursos para pagar su libertad, se le
juzgó públicamente “como ejemplo para otros conspiradores” y fue condenada a ser pasada por
las armas en el atrio de la Iglesia Principal, el 17 de enero de 1817, a los 35 años de edad.
Y así, la mujer joven y bonita -como se le describe-, esposa y madre amante, también dio
ejemplo de valor y patriotismo, al dirigir sus últimas palabras al pelotón y al jefe realista: -“¿Por
qué tan obstinada persecución en mi contra?… tengo derecho a hacer cuanto pueda a favor de mi
Patria, porque soy mexicana; no creo cometer ninguna falta en mi conducta, sino cumplir con mi
deber”.
Este día 17 del primer mes del año le hemos recordado, señora María Luisa Martínez, cuando
reunidas, nos hemos propuesto tareas y actividades que pretenden, con mucha modestia,
reivindicar los ideales de equidad, de justicia y libertad, que fueron aliento en su lucha y sacrificio y
que nosotras concebimos como propósitos para vivir en Dignidad.
Le saludamos afectuosamente, hermanadas más allá del Tiempo.
El Grupo de Mujeres “María Luisa Martínez” de Pátzcuaro.